I Hate Fairyland, creada, escrita e ilustrada íntegramente por el polifacético Skottie Young, es una de las propuestas más irreverentes, vibrantes y sangrientas del catálogo contemporáneo de Image Comics. La obra se presenta como una sátira mordaz y ultraviolenta de los tropos clásicos de la literatura de fantasía infantil, subvirtiendo por completo la estética de cuentos de hadas al estilo de *Alicia en el País de las Maravillas* o *El Mago de Oz*.
La premisa arranca con Gertrude, una niña de seis años con rizos dorados y un vestido rosa que, tras desear con fervor viajar a un mundo mágico, ve su sueño cumplido al ser absorbida por el suelo de su habitación. Al despertar, se encuentra en Fairyland, un reino de colores pastel, nubes de algodón de azúcar y criaturas parlantes. La Reina Cloudia, soberana del lugar, le encomienda una misión sencilla: encontrar una llave mágica que le permitirá regresar a su hogar. Se le asigna un guía, una mosca antropomórfica llamada Lummy, y se le asegura que la búsqueda no debería tomar más de unos pocos días.
Sin embargo, el cómic da un giro radical al saltar en el tiempo. Han pasado veintisiete años desde la llegada de Gertrude. Debido a las reglas biológicas de Fairyland, ella sigue atrapada en el cuerpo de una niña de seis años, pero su mente ha envejecido hasta convertirse en la de una mujer de mediana edad, cínica, alcohólica y profundamente desquiciada por la frustración. Gertrude odia Fairyland con cada fibra de su ser. Lo que comenzó como una aventura mágica se ha transformado en una condena perpetua de la que no puede escapar, principalmente porque es incapaz de encontrar la dichosa llave sin causar un rastro de destrucción a su paso.
El núcleo narrativo de la obra es la furia incontenible de Gertrude. Armada con hachas gigantes, mazos y cualquier objeto contundente que encuentre, la protagonista se dedica a masacrar a cualquier criatura mágica que se interponga en su camino o que, simplemente, resulte demasiado "adorable" para su paciencia agotada. La violencia en el cómic es explícita y constante, pero se presenta bajo un filtro de "gore de caramelo": la sangre puede ser de colores brillantes, las vísceras parecen confeti y las muertes son tan exageradas que entran en el terreno del humor negro más absoluto.
Uno de los elementos más distintivos de *I Hate Fairyland* es su manejo del lenguaje. Debido a la naturaleza "infantil" del mundo, las palabras malsonantes están prohibidas por la propia física del reino. Cada vez que Gertrude intenta soltar un insulto, su boca emite eufemismos ridículos como *"fluff"*, *"muffin"* o *"hugger-fudger"*. Este contraste entre su actitud psicópata y el lenguaje edulcorado refuerza la sensación de alienación y desesperación del personaje.
A nivel visual, el trabajo de Skottie Young es magistral. Conocido por su estilo caricaturesco y dinámico, Young utiliza un trazo elástico y detallado que dota a Fairyland de una expresividad desbordante. El diseño de personajes es una mezcla entre lo tierno y lo grotesco, donde un sol sonriente puede ser devorado o una luna puede recibir un disparo en un ojo. El color, a cargo de Jean-Francois Beaulieu, es fundamental: la paleta es una explosión de neones y tonos saturados que ocultan la oscuridad temática de la historia tras una fachada de alegría artificial.
La estructura de la serie sigue los intentos fallidos de Gertrude por salir del reino, mientras la Reina Cloudia, harta de que la "invitada" destruya su mundo, intenta eliminarla enviando a todo tipo de asesinos y obstáculos mágicos. A través de este conflicto, Young explora temas como el estancamiento vital, las consecuencias de los deseos mal formulados y la toxicidad de la nostalgia.
En resumen, *I Hate Fairyland* es un ejercicio de libertad creativa que rompe con la solemnidad del género fantástico. Es una obra recomendada para lectores que busquen una narrativa ágil, un apartado visual impecable y un sentido del humor que no teme pisotear la inocencia de los cuentos de la infancia. Es, en esencia, el grito de guerra de alguien que se quedó atrapado en un final feliz que nunca llegó a serlo.