Predator: Mala Sangre (originalmente *Predator: Bad Blood*) representa uno de los hitos más viscerales y oscuros dentro de la extensa mitología que Dark Horse Comics construyó para la franquicia en la década de los 90. Escrita por Evan Dorkin e ilustrada por Derek Thompson, esta miniserie de cuatro números se aleja de la estructura convencional de "cazador contra presa humana" para explorar las fisuras internas de la sociedad Yautja, introduciendo un concepto que redefiniría el canon de la especie: la existencia de individuos psicópatas y renegados dentro de sus propias filas.
La premisa de la obra rompe con el misticismo del cazador honorable. En el corazón de los Pine Barrens, en Nueva Jersey, un Predator atípico ha comenzado una masacre que no sigue las reglas de la casta guerrera. Este individuo, etiquetado como un "Mala Sangre", es un asesino en serie incluso para los estándares de su especie. No busca el trofeo digno ni respeta el código de honor que prohíbe matar a los indefensos o a los enfermos; su único motor es el sadismo puro y el caos. A diferencia de otros Predators vistos anteriormente, este renegado está mentalmente inestable, es visualmente caótico —adornado con trofeos macabros y piezas de armadura improvisadas— y posee una sed de sangre que desborda cualquier protocolo de caza.
La narrativa se bifurca en tres ejes de tensión constante. Por un lado, seguimos a las fuerzas de seguridad humanas, encabezadas por la agente de la CIA Mandy Graves, quienes intentan contener una situación que supera por completo su comprensión y capacidad de fuego. El ejército estadounidense se ve atrapado en un entorno boscoso que se convierte en un matadero, donde la tecnología humana resulta inútil frente a la ferocidad de un ser que ya no tiene nada que perder.
El segundo eje, y quizás el más fascinante para los estudiosos del cómic de ciencia ficción, es la introducción del "Enforcer Predator" (el Ejecutor). La sociedad Yautja, al detectar la deshonra y el peligro que supone el renegado, envía a un agente de la ley de su propia especie para darle caza y ejecutarlo. Esto transforma la historia en un duelo de titanes donde los humanos son poco más que daño colateral o espectadores de una guerra civil alienígena. El Ejecutor representa el orden, la disciplina y la frialdad técnica, mientras que el Mala Sangre representa la entropía y la violencia desatada.
Visualmente, el trabajo de Derek Thompson es fundamental para transmitir la atmósfera de pesadilla de la obra. Su estilo es sucio, detallado y extremadamente explícito. La representación del Mala Sangre es icónica: un guerrero masivo, cubierto de cicatrices y restos humanos, que proyecta una amenaza mucho más física y aterradora que la de los cazadores más estilizados de las películas. El uso del color y las sombras en los densos bosques de Nueva Jersey acentúa la sensación de claustrofobia, convirtiendo el entorno natural en una trampa mortal donde la visibilidad es mínima y el peligro es constante.
*Predator: Mala Sangre* destaca por su ritmo frenético y su negativa a suavizar la violencia. Evan Dorkin, conocido a menudo por trabajos más satíricos, entrega aquí un guion seco y contundente que se centra en la acción pura y en la expansión del lore sin necesidad de largos diálogos explicativos. La obra profundiza en la idea de que los Predators no son una masa monolítica de guerreros perfectos, sino una cultura compleja con sus propios criminales, sus propios sistemas de justicia y sus propias aberraciones.
En resumen, este cómic es una pieza esencial para entender la evolución de la franquicia fuera de la pantalla grande. No solo ofrece una de las versiones más aterradoras del cazador extraterrestre, sino que establece un conflicto ético y social dentro de una raza alienígena que, hasta ese momento, se movía principalmente en las sombras. Es un relato de supervivencia, justicia brutal y la degradación de un código de honor frente a la locura absoluta.