Gigantik: La Gran Amenaza representa uno de los hitos más ambiciosos de la ciencia ficción en el cómic europeo de finales de los años 70 y principios de los 80. Fruto de la colaboración entre dos gigantes del medio en España, el guionista Víctor Mora —creador de *El Capitán Trueno*— y el dibujante José María Cardona, esta obra nació con una vocación internacional, siendo publicada originalmente en revistas de gran calado como la alemana *Zack* y la francesa *Super As*, antes de recalar en el mercado español a través de cabeceras como *Super Mortadelo*.
La trama de este primer volumen, titulado La Gran Amenaza, nos sitúa en un futuro donde la humanidad ha alcanzado un nivel de desarrollo tecnológico capaz de desafiar las escalas convencionales de la ingeniería espacial. El eje central de la narrativa es el Gigantik, una descomunal estación espacial, prácticamente un planetoide artificial móvil, que sirve como base de operaciones, ciudad y fortaleza defensiva para la Confederación de Planetas Unidos. Esta mole tecnológica no es solo un vehículo, sino un símbolo del ingenio humano y su voluntad de supervivencia frente a los peligros desconocidos del cosmos.
La historia arranca con una premisa de urgencia absoluta. Un objeto de proporciones colosales y origen desconocido se aproxima al Sistema Solar a una velocidad alarmante. Las trayectorias indican una colisión inminente que resultaría en la aniquilación total de la Tierra y sus colonias adyacentes. Ante la ineficacia de las defensas convencionales y el pánico que comienza a apoderarse de las instituciones gubernamentales, se activa el protocolo de emergencia que pone al Gigantik en rumbo de interceptación.
Al mando de esta misión se encuentra el Barón von Thurn, un líder carismático y estratega veterano que encarna los valores de la diplomacia y la firmeza militar. Junto a él, un equipo multidisciplinar de científicos, pilotos y especialistas debe enfrentarse no solo al desafío técnico de detener una masa planetaria en movimiento, sino también al misterio de qué —o quién— dirige ese objeto. La narrativa de Víctor Mora se aleja aquí del maniqueísmo simple para explorar la tensión política y la responsabilidad ética que conlleva el uso de una fuerza tan destructiva como la que posee el Gigantik.
Desde el punto de vista visual, el trabajo de José María Cardona en La Gran Amenaza es superlativo. Cardona logra plasmar la inmensidad del espacio y la complejidad de la maquinaria con un nivel de detalle que recuerda a los grandes maestros del género como Moebius o Druillet, pero manteniendo una claridad narrativa propia de la escuela Bruguera más refinada. El diseño del Gigantik es, en sí mismo, un triunfo del diseño industrial aplicado al cómic: una estructura llena de niveles, hangares y zonas residenciales que transmite una sensación de escala real. El uso de las sombras y la perspectiva en las escenas de aproximación al objeto amenazante genera una atmósfera de opresión y asombro que define el tono de la obra.
El cómic no se limita a la acción externa. Gran parte de su valor reside en la gestión de la crisis dentro de la propia estación. Mora utiliza el escenario para plantear dilemas sobre la convivencia humana en entornos confinados y la fragilidad de la paz galáctica. La "amenaza" del título funciona en dos niveles: el peligro físico externo y la desestabilización interna que provoca el miedo a lo desconocido.
Gigantik: La Gran Amenaza es, en definitiva, una *space opera* de corte clásico que combina la aventura de exploración con el suspense tecnológico. Es una obra que captura el optimismo científico de su época, matizado por una visión crítica sobre el poder militar. Para el lector contemporáneo, este cómic ofrece una oportunidad de redescubrir una etapa dorada de la producción española para el mercado exterior, donde la calidad del dibujo y la solidez del guion competían de igual a igual con las grandes producciones franco-belgas y estadounidenses del momento. Sin recurrir a giros efectistas, Mora y Cardona construyen un relato de anticipación que mantiene su vigencia gracias a su impecable ejecución técnica y su capacidad para evocar la maravilla del vacío estelar.