Brothers Dracul, publicada originalmente por la editorial AfterShock Comics, es una obra que se sitúa en la intersección entre la crónica histórica cruda y el horror sobrenatural más visceral. Escrita por Cullen Bunn —un autor consagrado en el género del terror gracias a trabajos como *Harrow County*— e ilustrada por Mirko Colak, esta miniserie de cinco números propone una reinterpretación de los años formativos de una de las figuras más infames de la historia: Vlad III, conocido como el Empalador, y su hermano Radu.
La narrativa nos traslada a mediados del siglo XV, un periodo de extrema inestabilidad política en Europa del Este. La trama arranca con un hecho histórico documentado: Vlad y Radu son entregados por su padre, Vlad II Dracul, como rehenes al Imperio Otomano para asegurar la lealtad de Valaquia. Sin embargo, lo que en los libros de historia se describe como un periodo de cautiverio diplomático y educación militar, en manos de Bunn se transforma en un descenso a los infiernos.
El núcleo de la historia no reside únicamente en el entrenamiento de los hermanos bajo el yugo del Sultán, sino en el descubrimiento de una amenaza que acecha en las sombras del imperio. Mientras los jóvenes príncipes aprenden las artes de la guerra, la política y la supervivencia, se ven obligados a enfrentarse a una oscuridad ancestral que no pertenece al mundo de los hombres. Es aquí donde la ficción especulativa toma el control: la obra sugiere que la crueldad legendaria que Vlad desplegaría años más tarde no nació solo de la guerra humana, sino de un encuentro traumático con criaturas de la noche que la historia ha preferido olvidar.
Cullen Bunn maneja con maestría el ritmo de la historia, alternando la tensión psicológica con secuencias de acción brutales. No se limita a presentar a Vlad como un monstruo en potencia, sino que explora la dinámica de hermandad. Radu, a menudo eclipsado por la sombra de su hermano en la cultura popular, recibe aquí un tratamiento profundo, mostrando cómo dos personas sometidas al mismo trauma pueden evolucionar hacia caminos diametralmente opuestos. La relación entre ambos es el eje emocional que sostiene el relato, permitiendo al lector empatizar con su lucha por mantener la humanidad en un entorno que intenta arrebatársela a cada paso.
En el apartado visual, Mirko Colak realiza un trabajo excepcional al capturar la atmósfera opresiva de la época. Su estilo, detallado y sucio, se aleja de la estética limpia de los cómics de superhéroes para abrazar un realismo sombrío que encaja perfectamente con el tono de la historia. Las representaciones de los castillos otomanos, los bosques de Transilvania y, sobre todo, las criaturas sobrenaturales, están imbuidas de una sensación de peligro constante. El uso del color por parte de Maria Santaolalla refuerza esta sensación, utilizando paletas de tonos tierra, ocres y rojos intensos que subrayan la violencia y el misticismo de la obra.
La traducción realizada por Floyd Wayne y W D permite que el lector hispanohablante acceda a esta obra manteniendo la fuerza de los diálogos originales y la terminología histórica necesaria para no perder la inmersión. La labor de estos traductores es fundamental para preservar el tono solemne y a la vez aterrador que Bunn imprime en cada página.
Brothers Dracul no es simplemente otra historia de vampiros. Es un relato sobre el origen del mal, la pérdida de la inocencia y el peso del legado familiar. Al evitar los tropos más desgastados del mito de Drácula, la obra logra sentirse fresca y necesaria. Es una pieza indispensable para quienes buscan una narrativa que combine el rigor de la ficción histórica con la libertad creativa del horror fantástico, ofreciendo una visión cruda de cómo se forja una leyenda a través de la sangre, el acero y el miedo a lo desconocido. Sin recurrir a florituras innecesarias, el cómic se establece como una precuela espiritual y oscura a todo lo que creemos saber sobre el linaje de los Dracul.