*Rowans Ruin* es una miniserie de cuatro números publicada originalmente por la editorial estadounidense BOOM! Studios en 2015. La obra reúne a dos talentos consolidados de la industria del cómic: el guionista Mike Carey, reconocido por su trabajo en *Lucifer* y *The Unwritten*, y el dibujante Mike Perkins, cuyo estilo detallista y sombrío ha destacado en títulos como *Captain America* y la adaptación al cómic de *The Stand* de Stephen King. Juntos, construyen una pieza de horror contemporáneo que utiliza tropos clásicos del género para subvertirlos a través de una narrativa de suspense psicológico y misterio doméstico.
La premisa de la historia parte de un concepto moderno y aparentemente inofensivo: el intercambio de casas a través de internet. La protagonista es Katie, una joven estadounidense que reside en Florida y que, buscando un respiro de su rutina y de las presiones de su vida cotidiana, decide intercambiar su hogar durante el verano con una joven británica llamada Emily. El destino de Katie es una antigua y pintoresca mansión situada en los Cotswolds, en el corazón de la campiña inglesa, una propiedad conocida históricamente como Rowan’s Ruin. Lo que comienza como unas vacaciones idílicas en un entorno rural y tranquilo pronto empieza a transformarse en una experiencia inquietante.
Desde el punto de vista narrativo, Mike Carey utiliza el contraste cultural y geográfico para acentuar el aislamiento de la protagonista. Katie se encuentra en un entorno que le es ajeno, rodeada de una arquitectura que respira historia y secretos. A medida que se instala en la casa, la fascinación inicial por la antigüedad del lugar da paso a una sensación de incomodidad creciente. La estructura del guion se apoya en el descubrimiento paulatino de anomalías: ruidos inexplicables, habitaciones que parecen contener una energía densa y, sobre todo, la sensación de que la familia de Emily no ha sido del todo honesta sobre el pasado de la propiedad.
El motor de la trama es la curiosidad de Katie, quien, incapaz de ignorar las señales de que algo anda mal, comienza a investigar la historia de Rowan’s Ruin y de las personas que la habitaron. Carey evita los recursos fáciles del horror visceral inmediato, optando en su lugar por un "slow burn" o desarrollo lento que prioriza la atmósfera. La tensión se construye a través de la investigación de Katie, quien utiliza herramientas modernas —redes sociales, búsquedas digitales y archivos locales— para desenterrar secretos que pertenecen a una era mucho más oscura. Este choque entre la tecnología del siglo XXI y los horrores ancestrales es uno de los puntos fuertes de la obra.
El apartado visual de Mike Perkins es fundamental para el éxito de la atmósfera de *Rowans Ruin*. Perkins emplea un estilo realista con un uso magistral de las sombras y el entintado, lo que confiere a la casa una personalidad propia. La mansión no es simplemente un escenario; es un personaje más, con sus pasillos angostos, sus sótanos polvorientos y una arquitectura que parece cerrarse sobre la protagonista. El diseño de personajes es expresivo, logrando transmitir la vulnerabilidad y la creciente paranoia de Katie sin necesidad de recurrir a diálogos excesivos. El color, a cargo de Andy Troy, complementa perfectamente el dibujo, utilizando paletas apagadas y tonos terrosos que refuerzan la sensación de antigüedad y decadencia.
A medida que la historia avanza, el cómic explora temas como el peso del pasado, la herencia de la tragedia y la idea de que los lugares pueden retener el trauma de quienes vivieron en ellos. La trama se bifurca sutilmente entre lo que Katie experimenta en la casa y lo que descubre sobre la vida de Emily en Estados Unidos, sugiriendo que el intercambio de casas podría no haber sido una coincidencia fortuita, sino algo mucho más calculado y siniestro.
En conclusión, *Rowans Ruin* es un ejercicio de suspense impecable que demuestra la maestría de sus autores para manejar el ritmo narrativo. Es una obra que apela a los lectores que disfrutan de las historias de casas encantadas con un giro moderno, donde el verdadero terror no reside solo