Sexo y Chapuza

Sexo y Chapuza, la obra de Carlos Giménez, representa uno de los hitos más lúcidos, ácidos y honestos del costumbrismo en el cómic español. Publicada originalmente de forma serializada en revistas como *El Jueves* y posteriormente recopilada en varios volúmenes, esta serie se aleja diametralmente de la pornografía o el erotismo idealizado para adentrarse en la realidad cruda, cómica y, a menudo, patética de las relaciones sexuales y sentimentales de la clase media y trabajadora.

La premisa central del cómic reside en su propio título. Mientras que el "sexo" es el motor que impulsa a los personajes, la "chapuza" es el resultado inevitable de sus intentos. Giménez, con su maestría habitual para el retrato social, disecciona la distancia insalvable que existe entre el deseo (influenciado por el cine, la publicidad y las fantasías masculinas) y la ejecución práctica en un entorno lleno de limitaciones materiales, morales y físicas.

A través de una estructura de historias cortas, autoconclusivas y de ritmo ágil, el autor nos presenta una galería de personajes profundamente humanos. No hay héroes ni modelos de belleza; hay hombres y mujeres comunes, con sus complejos, sus cuerpos imperfectos y sus viviendas de paredes finas. El escenario es fundamental: la España urbana de finales de los 80 y los 90, un país que intentaba abrazar una modernidad sexual tras décadas de represión, pero que seguía lidiando con la falta de privacidad, la precariedad económica y una torpeza emocional heredada.

El concepto de "chapuza" se manifiesta en múltiples niveles. Encontramos la chapuza logística: el coche incómodo donde es imposible encontrar una postura mínimamente digna, el apartamento compartido donde los padres o los hijos acechan tras la puerta, o el hotel de mala muerte que arruina cualquier atisbo de romance. Pero también está la chapuza biológica y psicológica: el gatillazo por estrés, el calambre inoportuno, el ruido fisiológico que rompe el clímax o la incapacidad de comunicación entre dos personas que, aunque desnudas, siguen siendo extrañas la una para la otra.

Visualmente, Carlos Giménez despliega su estilo más maduro y detallista. Su dibujo es expresivo hasta el paroxismo; es capaz de capturar en un solo rostro la transición del deseo ardiente a la decepción más absoluta o a la vergüenza ajena. El uso de las sombras, la densidad de las líneas y la composición de las viñetas refuerzan esa sensación de claustrofobia y realismo sucio que impregna las historias. Giménez no embellece el acto sexual; lo muestra como algo sudoroso, desordenado y, sobre todo, profundamente divertido desde la barrera del lector.

A pesar del tono humorístico y a veces cínico, Sexo y Chapuza no carece de una profunda ternura. El autor no se burla de sus personajes desde una posición de superioridad, sino que se incluye en esa fragilidad humana. Hay una melancolía subyacente en la búsqueda constante de placer y conexión en un mundo que parece diseñado para poner trabas. La obra funciona como un espejo donde el lector reconoce sus propias inseguridades y fracasos, transformando la anécdota privada en una experiencia colectiva.

En definitiva, este cómic es una pieza esencial para entender la evolución de la narrativa adulta en España. Giménez utiliza el sexo como una excusa para hablar de la condición humana, de la soledad y de la lucha por la dignidad en situaciones ridículas. Es una obra desprovista de artificios, que prefiere la verdad de un dormitorio desordenado a la fantasía de una superproducción, consolidándose como un tratado sociológico sobre la imperfección del deseo. Sin necesidad de recurrir a giros argumentales complejos, Sexo y Chapuza se mantiene vigente por su capacidad para retratar aquello que rara vez se cuenta: lo que sucede cuando las luces se apagan y la realidad decide no cooperar con nuestras expectativas.

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