Wormwood – Caballero Putrefacto

Wormwood: Caballero Putrefacto, la creación más personal y visceral del autor australiano Ben Templesmith, es una obra que desafía las convenciones del género de terror y la fantasía urbana para instalarse en un nicho propio de humor negro, surrealismo y estética decadente. Publicada originalmente bajo el sello de IDW Publishing, esta serie se aleja de los tropos heroicos tradicionales para presentarnos a uno de los protagonistas más atípicos y fascinantes del noveno arte.

La premisa central del cómic gira en torno a Wormwood, una entidad interdimensional con forma de gusano que habita y anima el cadáver de un hombre. A pesar de su naturaleza parasitaria y su apariencia externa —un cuerpo en constante estado de descomposición que debe ser mantenido con cuidados cosméticos y ropa elegante—, Wormwood es un personaje de una sofisticación inesperada. Es un caballero en el sentido más clásico y cínico de la palabra: un bon vivant que disfruta de la cerveza de calidad, el tabaco y la compañía de seres tan marginados como él, mientras actúa como una suerte de detective de lo oculto y protector reacio de nuestra dimensión.

El universo que habita Wormwood es una amalgama de horrores lovecraftianos, mitología moderna y suciedad urbana. La narrativa no se molesta en explicar cada detalle del funcionamiento de este mundo, sino que sumerge al lector directamente en una realidad donde las dimensiones colisionan, los demonios regentan bares y las conspiraciones cósmicas son el pan de cada día. Wormwood no es un héroe por convicción moral, sino por una mezcla de aburrimiento existencial y la necesidad pragmática de mantener intacto el mundo donde se encuentran sus pubs favoritos.

Uno de los pilares fundamentales de la obra es su elenco de personajes secundarios, que aportan equilibrio y dinamismo a las investigaciones del protagonista. Entre ellos destaca Pendulum, un robot de aspecto steampunk y personalidad pragmática que sirve como guardaespaldas y voz de la razón (a menudo ignorada), y Medea, una mujer con habilidades especiales y una conexión profunda con el submundo sobrenatural. Juntos, forman un equipo disfuncional que se enfrenta a amenazas que van desde invasiones de seres de otras realidades hasta cultos apocalípticos absurdos.

El apartado visual es, sin duda, el elemento más distintivo de *Wormwood: Caballero Putrefacto*. Ben Templesmith utiliza su estilo característico, definido por un trazo sucio, nervioso y atmosférico, combinado con una paleta de colores que evoca la putrefacción, la niebla y las luces de neón de los callejones más oscuros. Su arte no busca la perfección anatómica, sino la transmisión de sensaciones: el frío de la muerte, el caos de lo desconocido y la ironía de lo grotesco. Cada página es una explosión de texturas que refuerza el tono irreverente y macabro de la historia.

En cuanto al tono, el cómic logra un equilibrio precario pero efectivo entre el horror visceral y la sátira mordaz. Templesmith utiliza a Wormwood para burlarse de las instituciones religiosas, la burocracia y las convenciones sociales, todo ello mientras presenta escenas de violencia gráfica y criaturas de pesadilla. No es un cómic para estómagos sensibles, pero tampoco es una obra que busque el impacto gratuito; hay una inteligencia subyacente en su nihilismo y una humanidad extraña en su protagonista no-muerto.

La estructura de las historias suele seguir un esquema de investigación que rápidamente descarrila hacia el caos absoluto. Wormwood se mueve por los bajos fondos de la realidad, interactuando con entidades que la humanidad prefiere ignorar. A través de sus ojos (o más bien, desde la cuenca ocular del cadáver que ocupa), vemos un mundo que está roto, pero que aún conserva destellos de una belleza extraña y retorcida.

En resumen, *Wormwood: Caballero Putrefacto* es una pieza esencial para entender la evolución del cómic independiente de la primera década de los 2000. Es una obra que encapsula la libertad creativa de su autor, ofreciendo una experiencia de lectura que es, a partes iguales, repulsiva, hilarante y profundamente original. Es la crónica de un gusano que, entre trago y trago, se convierte en la última línea de defensa contra el olvido cósmico.

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