Publicado por la editorial AfterShock Comics, *Captain Kid* es una obra que nace de la colaboración entre dos de los guionistas más respetados y conocedores de la historia del género superheroico: Mark Waid y Tom Peyer. Acompañados por el arte limpio y de corte clásico de Wilfredo Torres, este título se presenta no solo como una aventura de metahumanos, sino como una profunda y a veces amarga reflexión sobre la nostalgia, el escapismo y la carga de la madurez.
La premisa de la serie gira en torno a Chris Gushue, un hombre de unos cuarenta años cuya vida dista mucho de ser extraordinaria. Chris es el arquetipo del aficionado a los cómics de toda la vida: alguien que ha pasado décadas consumiendo historias de héroes perfectos mientras su propia realidad se volvía más monótona y físicamente desgastante. Sin embargo, su vida da un vuelco absoluto cuando descubre que posee la capacidad de transformarse en Captain Kid, un superhéroe joven, rebosante de energía, con una mandíbula cuadrada y poderes asombrosos que incluyen el vuelo y una fuerza sobrehumana.
A diferencia de otras historias de transformación, donde el protagonista suele ser un adolescente que se convierte en un adulto poderoso (como el caso de Shazam), *Captain Kid* invierte la fórmula para explorar una crisis de identidad de mediana edad. Cuando Chris se convierte en el Capitán, no solo adquiere poderes, sino que recupera la juventud que el tiempo le ha arrebatado. Esta dinámica establece el conflicto central de la obra: la adicción al alter ego. Para Chris, ser un superhéroe no es solo una responsabilidad ética, sino una droga que le permite huir de los dolores de espalda, de las facturas y de la sensación de irrelevancia que acompaña a su yo de cuarenta años.
El guion de Waid y Peyer evita caer en los tropos simplistas del género. Aunque hay villanos y amenazas físicas que requieren la intervención de Captain Kid, el verdadero antagonista es la propia percepción de Chris sobre su vida. La narrativa disecciona qué significa ser un "fan" en un mundo donde las fantasías se vuelven reales, y cómo esa realización puede ser tanto una bendición como una maldición. La historia plantea preguntas incómodas sobre si preferiríamos vivir una mentira brillante o una verdad mediocre, y lo hace con una sensibilidad que solo autores con décadas de experiencia en la industria podrían imprimir.
En el apartado visual, Wilfredo Torres realiza un trabajo excepcional que complementa perfectamente el tono de la historia. Su estilo, caracterizado por líneas claras y una narrativa visual sumamente fluida, evoca la estética de la Edad de Plata de los cómics, pero con una sensibilidad moderna en la composición y el lenguaje corporal. Esta elección artística es deliberada: el mundo de Captain Kid se ve brillante, heroico y optimista, lo que contrasta drásticamente con las escenas en las que vemos a Chris en su forma humana, donde el entorno se siente más pesado y mundano. El color de Kelly Fitzpatrick refuerza esta dualidad, utilizando paletas vibrantes para las secuencias de acción y tonos más apagados para la vida cotidiana del protagonista.
Otro aspecto fundamental de la serie es el misterio que rodea el origen de los poderes de Chris. A medida que avanza la trama, se introducen elementos que sugieren que su transformación no es un evento fortuito ni puramente benevolente. La relación de Chris con su padre y con su círculo cercano de amigos añade una capa de drama humano que ancla la historia, evitando que se pierda en la pura pirotecnia de los superpoderes.
*Captain Kid* es, en esencia, una carta de amor deconstruida al género. Es una obra que entiende por qué amamos a los superhéroes —por esa promesa de libertad y de ser mejores de lo que somos—, pero que también se atreve a mostrar las costuras de ese deseo. No es solo un cómic sobre un hombre que vuela; es un cómic sobre un hombre que tiene miedo de aterrizar y enfrentarse al espejo. Para cualquier lector que haya crecido leyendo historietas y que ahora vea esos años a través del retrovisor