El asesino que amaba los libros, obra de Carlos Portela (guion) y Keko (dibujo), se erige como una de las propuestas más lúcidas y perturbadoras del panorama del cómic contemporáneo español. Publicada por Reservoir Books, esta novela gráfica no es solo un *thriller* procedimental o una historia de crímenes en serie; es una disección quirúrgica, cargada de humor negro y cinismo, sobre el mundo editorial, la bibliofilia extrema y la delgada línea que separa la pasión intelectual de la psicopatía.
La premisa nos introduce en la vida de un hombre cuya existencia está regida por un orden absoluto y una devoción casi religiosa hacia el objeto físico del libro. El protagonista no es un lector casual, sino un purista, un esteta que desprecia profundamente la democratización de la ignorancia y el maltrato que la sociedad moderna infringe a la literatura. Para él, el libro es un tótem sagrado, y aquellos que lo profanan —ya sea tratándolo como un simple producto de consumo, leyéndolo con desidia o, peor aún, escribiendo mediocridades que ocupan espacio en las estanterías— merecen un castigo ejemplar.
La trama se despliega a través de una serie de asesinatos meticulosamente ejecutados. Sin embargo, el móvil no es el beneficio económico ni la venganza personal, sino una suerte de "justicia poética" literaria. El asesino selecciona a sus víctimas dentro del ecosistema del libro: editores mercachifles, críticos pretenciosos, autores de *bestsellers* vacuos y coleccionistas que no leen lo que poseen. Cada crimen es una puesta en escena, una instalación artística que rinde homenaje a grandes clásicos o que castiga simbólicamente el pecado estético cometido por la víctima.
El guion de Carlos Portela destaca por su capacidad para capturar la atmósfera del Madrid literario, desde las ferias del libro hasta las presentaciones en librerías de viejo y los despachos de las grandes editoriales. Portela construye un protagonista complejo, un narrador que, a pesar de su amoralidad, logra fascinar al lector mediante sus reflexiones sobre la decadencia de la cultura occidental. La narrativa es ágil pero densa en referencias, invitando a un juego de complicidad con el lector que comparte, al menos en parte, ese cansancio ante la banalización del arte.
En el apartado visual, Keko reafirma por qué es uno de los maestros indiscutibles del claroscuro en el cómic europeo. Su estilo, caracterizado por un blanco y negro de contrastes violentos y una línea angulosa, es el vehículo perfecto para esta historia. Las sombras en esta obra no son solo un recurso estético, sino un personaje más que envuelve al protagonista y oculta sus actos. Keko utiliza el espacio de la página para transmitir la claustrofobia de las bibliotecas infinitas y la frialdad de los escenarios del crimen. Su dibujo es capaz de captar tanto la elegancia de una edición de lujo como la crudeza de la violencia, manteniendo siempre una sofisticación visual que eleva el relato.
Uno de los puntos más interesantes de la obra es su