Metal Hurlant

Metal Hurlant no es simplemente una publicación de historietas; es el epicentro de una revolución sísmica que redefinió el noveno arte a mediados de la década de los 70. Fundada en Francia en 1975 por el colectivo conocido como Les Humanoïdes Associés —integrado por Jean Giraud (Moebius), Philippe Druillet, Jean-Pierre Dionnet y Bernard Farkas—, esta revista antológica nació de la necesidad de romper con las estructuras rígidas y las temáticas juveniles que dominaban el mercado franco-belga de la época, representado por cabeceras como *Pilote* o *Spirou*.

Desde un punto de vista técnico y narrativo, *Metal Hurlant* supuso la transición definitiva del cómic hacia la madurez intelectual y estética. La propuesta no se limitaba a contar historias, sino a explorar las posibilidades plásticas del medio. El contenido de la revista se alejó de las narrativas lineales y los héroes morales para sumergirse en la ciencia ficción especulativa, la fantasía psicodélica, el erotismo explícito y el surrealismo metafísico. Fue el lienzo donde se gestó una nueva gramática visual que priorizaba la atmósfera y el diseño de mundos sobre la exposición convencional.

La figura de Moebius es fundamental en esta descripción. A través de las páginas de *Metal Hurlant*, el autor abandonó el realismo del western para experimentar con obras como *Arzach*, una serie de historias mudas que prescindían de bocadillos para confiar plenamente en el poder de la imagen y el color. Su estilo, caracterizado por una línea fina y detallada combinada con una imaginación desbordante, creó paisajes oníricos y tecnologías orgánicas que nunca antes se habían visto en el papel. Por otro lado, Philippe Druillet aportó una visión barroca y monumental, con composiciones de página que desafiaban la lectura tradicional, llenas de arquitecturas imposibles y una épica cósmica oscura y abrumadora.

La estructura de la revista permitía la convivencia de relatos cortos autoconclusivos con series de largo recorrido que más tarde se convertirían en pilares del género, como *El Incal* o *El Garaje Hermético*. Sin embargo, el valor de *Metal Hurlant* residía en su capacidad para actuar como un laboratorio de vanguardia. No solo acogió a los maestros fundadores, sino que sirvió de plataforma para talentos emergentes y autores internacionales de la talla de Richard Corben, Enki Bilal, Milo Manara o Caza. Cada número era una amalgama de estilos que oscilaban entre el hiperrealismo sucio y la abstracción más absoluta.

Temáticamente, el cómic se alejó de la utopía para abrazar el cinismo, la distopía y la crítica social velada tras alienígenas y futuros lejanos. La influencia del rock progresivo y la contracultura de los años 70 es palpable en su estética "sucia" y en su rechazo a la autoridad narrativa. *Metal Hurlant* no buscaba complacer al lector, sino desafiarlo, incomodarlo y, sobre todo, asombrarlo mediante una libertad creativa total que no rendía cuentas a la censura ni a las convenciones comerciales.

El impacto de esta obra trascendió las fronteras de Francia y del propio cómic. En 1977, se lanzó su versión estadounidense, *Heavy Metal*, que exportó esta sensibilidad europea al mercado anglosajón, influyendo profundamente en una generación de cineastas y artistas visuales. Es imposible entender la estética de películas como *Blade Runner*, *Alien: el octavo pasajero* o *Star Wars* sin el precedente visual sentado en las páginas de esta revista. Los diseños de naves, las ciudades decadentes y la integración de lo biológico con lo mecánico son deudores directos de las visiones publicadas por los "Humanoïdes".

En resumen, *Metal Hurlant* representa el momento en que el cómic reclamó su lugar como una forma de arte mayor, capaz de abordar la filosofía, la política y la

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