La obra Hunter, creada por el autor español Ricardo Machuca, representa uno de los pilares fundamentales de la ciencia ficción en el cómic europeo de la década de los 80. Publicada originalmente de forma serializada en revistas emblemáticas como *Cimoc* y posteriormente recopilada en álbumes, la saga compuesta por Hunter I y Hunter II es un ejercicio de narrativa distópica que combina el género de aventuras con una profunda crítica social y una estética ciberpunk incipiente.
La historia se sitúa en un futuro indeterminado, tras un colapso global que ha dejado la Tierra dividida en dos realidades irreconciliables. Por un lado, existen las grandes urbes tecnológicas, burbujas de orden y asfixiante control donde la élite sobrevive gracias a una dependencia absoluta de la cibernética y la inteligencia artificial. Por otro, se extiende el "Exterior": un páramo desolado, radiactivo y poblado por mutantes, parias y restos de una civilización olvidada. En este escenario se mueve el protagonista, conocido simplemente como Hunter, un rastreador y mercenario de élite cuya principal función es servir de puente —a menudo violento— entre ambos mundos.
En Hunter I, la trama arranca con una premisa de búsqueda y recuperación. El protagonista es contratado por las autoridades de la ciudad para localizar un objetivo de vital importancia que se ha perdido en las profundidades del desierto exterior. A través de este viaje, Machuca introduce al lector en la mitología de su universo. Hunter no es el héroe arquetípico de moral inquebrantable; es un superviviente pragmático, equipado con una armadura icónica y tecnología de punta que lo convierte en una fuerza letal. La narrativa se centra en el contraste entre la frialdad de la tecnología urbana y la brutalidad orgánica de las tierras baldías. El primer volumen establece las reglas de este mundo: la escasez de recursos, la deshumanización de los estratos sociales y la presencia constante de una amenaza latente que va más allá de los simples mutantes.
Hunter II expande significativamente el alcance de la historia. Si el primer volumen funcionaba como una presentación del entorno y el personaje, la segunda parte profundiza en las conspiraciones políticas que rigen las ciudades y en el pasado del propio Hunter. La misión se vuelve más compleja, dejando de ser un simple encargo de extracción para convertirse en una lucha por la supervivencia frente a fuerzas que el protagonista no puede controlar solo con sus armas. En este punto, la obra explora temas como la manipulación genética, el control de la información y la obsolescencia del ser humano frente a la máquina. El tono se vuelve más oscuro y reflexivo, cuestionando si la civilización que Hunter protege merece realmente ser salvada.
Desde el punto de vista artístico, el trabajo de Ricardo Machuca es el verdadero motor de la obra. Su estilo se caracteriza por un detallismo obsesivo, especialmente en el diseño de maquinaria, vehículos y estructuras arquitectónicas. Hay una influencia clara de la estética de autores como Moebius o Enki Bilal, pero con una suciedad y una crudeza puramente ibéricas. El diseño de la armadura de Hunter se convirtió en un icono visual de la época, mezclando elementos de protección medieval con tecnología futurista funcional. El uso del color y las sombras refuerza la sensación de opresión y decadencia, logrando que el entorno sea un personaje más de la trama.
En conjunto, Hunter I y II no solo ofrecen una historia de acción y ciencia ficción sólida, sino que actúan como un espejo de las ansiedades de finales del siglo XX: el miedo al desastre nuclear, la desconfianza en los gobiernos totalitarios y la incertidumbre ante un progreso tecnológico que parece avanzar más rápido que la ética humana. Es una obra imprescindible para entender el "boom" del cómic adulto en España, destacando por su capacidad para construir un mundo coherente, visualmente impactante y narrativamente ambicioso sin caer en los clichés más manidos del género post-apocalíptico. La saga de Hunter permanece como un testimonio de una era donde el cómic buscaba —y encontraba— la madurez a través de la especulación futurista.