Adentrarse en las páginas de Buck Brando no es solo leer un cómic; es realizar un viaje arqueológico a la esencia misma de la aventura clásica, filtrada por la mirada de uno de los mayores genios que ha dado la historieta española: Víctor de la Fuente. Publicada originalmente a principios de la década de los 70 en la mítica revista *Trinca*, esta obra se erige como un monumento a la narrativa visual y al espíritu indómito del héroe de acción que no necesita superpoderes para dominar la viñeta.
La sinopsis de *Buck Brando* nos sitúa en un escenario que evoca las grandes expediciones del siglo XX. El protagonista, que da nombre a la serie, es la personificación del aventurero curtido, un hombre cuyo rostro parece esculpido en granito y cuya mirada trasluce un pasado lleno de cicatrices, tanto físicas como morales. Buck no es un idealista ingenuo, sino un profesional de la supervivencia, un hombre de acción que se mueve con la misma soltura en los ambientes más sofisticados que en las selvas más impenetrables o los desiertos más hostiles.
La trama arranca sumergiéndonos en un mundo de intriga internacional, donde los intereses políticos, la codicia de las corporaciones y los misterios ancestrales se entrelazan. Buck Brando suele verse envuelto en misiones que otros rechazarían por suicidas. Ya sea escoltando a científicos en territorios inexplorados, recuperando objetos de valor incalculable o enfrentándose a tiranos locales en rincones olvidados del mapa, el motor de la historia es siempre la búsqueda de la justicia bajo un código de honor personal y férreo.
Lo que eleva a *Buck Brando* por encima de otros cómics de aventuras de su época es, sin duda, la maestría de Víctor de la Fuente. Como experto, es imposible no detenerse en su capacidad para dotar de vida al dibujo. De la Fuente no solo dibuja personajes; captura el movimiento. Su uso de la línea es dinámico, casi eléctrico, logrando que cada persecución, cada pelea a puñetazos y cada tiroteo posea una energía cinética que parece saltar del papel. Buck Brando se mueve con una elegancia ruda, y el entorno que lo rodea —ya sea la vegetación exuberante que parece asfixiar al lector o la arquitectura gélida de una ciudad europea— está renderizado con un nivel de detalle y una atmósfera que pocos autores han logrado igualar.
El tono de la obra es serio, alejándose del humor slapstick o de la ligereza de otros héroes contemporáneos. Aquí, el peligro es real. El lector siente el sudor, el polvo y el cansancio del protagonista. Buck Brando es un héroe solitario, un "outsider" que, aunque a menudo cuenta con aliados circunstanciales, carga con el peso de la resolución sobre sus propios hombros. La narrativa huye de los maniqueísmos simples; aunque Buck es claramente el héroe, el mundo que habita está pintado en una escala de grises donde la lealtad es un bien escaso y la traición acecha tras cada sombra.
Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia de lectura, cabe destacar que las historias de *Buck Brando* funcionan como un mecanismo de relojería suizo. El ritmo es frenético pero permite momentos de introspección y pausa dramática, donde el silencio de las viñetas dice más que cualquier bloque de texto. Es una obra que celebra la capacidad del ser humano para enfrentarse a lo desconocido, pero que también advierte sobre la oscuridad que anida en el corazón de la civilización.
En conclusión, *Buck Brando* es una pieza fundamental para entender la evolución del cómic de autor en España y Europa. Es la culminación de un estilo visual que influyó a generaciones de dibujantes y una lección magistral de cómo construir un mito moderno a partir de los tropos del género de aventuras. Para el lector actual, acercarse a esta obra es descubrir que la verdadera aventura no tiene fecha de caducidad y que, en manos de un maestro como Víctor de la Fuente, un hombre con una pistola y un propósito puede ser más fascinante que cualquier universo cinematográfico moderno. Es, en definitiva, el triunfo del dibujo sobre la palabra y de la acción sobre la retórica.