Los Montefiore, con guion de Roberto Bergado y dibujo de Amancay Nahuelpan, es una obra que se inserta con autoridad en la tradición del *noir* criminal y las sagas familiares de la mafia, pero lo hace con una identidad visual y narrativa propia que la distingue dentro del panorama del cómic contemporáneo. Publicada originalmente por Dibbuks, esta novela gráfica nos traslada a la Nueva York de mediados del siglo XX, un escenario donde el asfalto, la lluvia y las sombras no son solo decorado, sino elementos activos de una tragedia que se cuece a fuego lento.
La premisa se articula en torno a un eje clásico pero inagotable: el vacío de poder. La historia comienza con el declive físico de Don Vittorio Montefiore, el patriarca de una de las familias más influyentes y temidas del crimen organizado. Vittorio, un hombre que ha construido su imperio sobre una base de sangre, respeto y códigos inquebrantables, se encuentra en su lecho de muerte. Este evento actúa como el catalizador de toda la trama, desencadenando una serie de tensiones latentes que amenazan con desintegrar no solo el negocio familiar, sino los vínculos biológicos que mantienen unidos a sus herederos.
El núcleo narrativo se centra en los hijos de Vittorio, quienes representan diferentes facetas de la ambición y la respuesta al legado paterno. La obra evita caer en el maniqueísmo fácil, presentando a personajes complejos que lidian con el peso del apellido Montefiore. La sucesión no es un proceso administrativo, sino una guerra psicológica y física. A medida que la salud del Don se deteriora, los hermanos deben decidir si seguirán las viejas reglas del honor y la lealtad ciega o si sucumbirán a las nuevas corrientes de una modernidad criminal mucho más pragmática y despiadada.
Uno de los puntos fuertes del guion de Bergado es su capacidad para manejar el ritmo. La historia no se apresura; permite que el lector respire la atmósfera opresiva de los clubes de jazz, los callejones oscuros y las mansiones silenciosas donde se toman las decisiones que afectan a toda la ciudad. El diálogo es seco, directo y cargado de subtexto, emulando la parquedad de los hombres que saben que una palabra de más puede ser una sentencia de muerte. La trama explora temas universales como la herencia, la traición fratricida y la imposibilidad de escapar del destino marcado por la sangre.
En el apartado visual, el trabajo de Amancay Nahuelpan es fundamental para elevar la obra. Su estilo, caracterizado por un trazo enérgico y un uso magistral del claroscuro, encaja perfectamente con el tono de la historia. Nahuelpan utiliza composiciones de página dinámicas que contrastan con momentos de estatismo absoluto, logrando transmitir la tensión interna de los personajes a través de sus expresiones y su lenguaje corporal. El diseño de producción —la arquitectura de la época, los vehículos, la vestimenta— está cuidado al detalle, sumergiendo al lector en una Nueva York que se siente tangible y peligrosa.
La narrativa visual se apoya en una paleta de sombras que acentúa la ambigüedad moral de los protagonistas. No hay héroes en *Los Montefiore*; solo supervivientes y hombres que intentan mantener el control en un mundo que se les escapa de las manos. La violencia, cuando aparece, es cruda y necesaria para el avance de la trama, huyendo de la espectacularidad gratuita para centrarse en sus consecuencias emocionales y estructurales dentro de la familia.
En conclusión, *Los Montefiore* es un ejercicio de género impecable que rinde homenaje a los clásicos del cine y la literatura de maf