Tarawa: Atolón sangriento es una de las obras más significativas y rigurosas del cómic bélico europeo, fruto de la colaboración entre dos gigantes de la historieta francobelga: el guionista Jean-Michel Charlier y el dibujante Victor Hubinon. Publicada originalmente por entregas en la revista *Spirou* entre 1948 y 1949, esta obra destaca por su enfoque cuasi documental sobre uno de los episodios más feroces de la Guerra del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial: la Batalla de Tarawa, ocurrida en noviembre de 1943.
La narrativa se aleja de los convencionalismos del género de la época, que solían centrarse en las hazañas individuales de héroes invulnerables. En su lugar, Charlier propone un relato coral y técnico que disecciona la Operación Galvánico. La trama comienza situando al lector en el contexto estratégico del conflicto: la necesidad de las fuerzas estadounidenses de capturar el aeródromo de la pequeña isla de Betio, en el atolón de Tarawa, para romper la línea defensiva japonesa y avanzar hacia las Islas Marshall.
El guion de Charlier es meticuloso en la exposición de los preparativos militares. No se limita a la acción, sino que profundiza en la logística, la inteligencia militar y, de manera crucial, en los errores de cálculo que marcaron la operación. El cómic detalla con precisión la problemática de las mareas neap (mareas muertas), que impidieron que las lanchas de desembarco superaran los arrecifes de coral, obligando a los marines a desembarcar a cientos de metros de la playa bajo un fuego cruzado devastador. Esta atención al detalle histórico convierte a la obra en una crónica visual de la estrategia militar.
En el apartado gráfico, Victor Hubinon despliega un estilo que prefigura la maestría que alcanzaría más tarde en la serie *Buck Danny*. Su dibujo es sobrio, realista y extremadamente detallado en lo que respecta a la tecnología militar. Los acorazados, los portaaviones, los aviones Grumman F6F Hellcat y los tanques ligeros están representados con una fidelidad técnica asombrosa para la época. Hubinon logra transmitir la atmósfera claustrofóbica y asfixiante de la isla, un pedazo de tierra minúsculo donde miles de hombres lucharon en condiciones extremas. El uso de las sombras y la composición de las viñetas enfatizan la brutalidad del combate cuerpo a cuerpo y la eficacia de las defensas japonesas, atrincheradas en búnkeres de hormigón y troncos de cocotero casi indestructibles.
A diferencia de otras obras contemporáneas, Tarawa: Atolón sangriento no escatima en mostrar la crudeza del enfrentamiento. Aunque se adhiere a los códigos editoriales de la época, la sensación de sacrificio y la magnitud de las bajas quedan patentes en cada página. El cómic no solo retrata el avance de los marines, sino que también otorga una presencia imponente al enemigo, describiendo la determinación de la guarnición japonesa bajo el mando del contraalmirante Keiji Shibazaki.
La estructura del cómic sigue una progresión cronológica estricta: desde el bombardeo naval preliminar, que resultó ser menos efectivo de lo previsto, hasta las oleadas sucesivas de desembarco y la consolidación de las cabezas de playa. La obra funciona como un análisis de la resiliencia humana y de la evolución de las tácticas de guerra anfibia.
En definitiva, Tarawa: Atolón sangriento es una pieza fundamental para entender la evolución del realismo en el noveno arte. Es una obra que exige una lectura atenta, donde el rigor histórico y la pericia técnica se imponen sobre la ficción de aventuras. Charlier y Hubinon consiguieron crear un testimonio gráfico que, décadas después, sigue siendo una referencia ineludible para los entusiastas de la historia militar y del cómic clásico, logrando capturar la esencia de una de las batallas más costosas y decisivas de la campaña del Pacífico sin recurrir a artificios innecesarios.