Dentro del vasto y colorido universo del tebeo español, existe una etapa fascinante y a menudo eclipsada por los grandes éxitos de masas: los años de formación de los maestros de la Escuela Bruguera. En este contexto, hablar de 'Ted el Pelirrojo' es adentrarse en la prehistoria creativa de uno de los genios más grandes del noveno arte en España: Francisco Ibáñez. Antes de que Mortadelo y Filemón se convirtieran en iconos nacionales, Ibáñez exploró diversos géneros, y esta obra es un testimonio brillante de su versatilidad inicial.
Publicado originalmente a finales de la década de 1950, concretamente en la sofisticada revista *Can Can* de Editorial Bruguera, 'Ted el Pelirrojo' nos presenta a un protagonista que rompe ligeramente con el molde del antihéroe cómico que dominaría las décadas posteriores. Ted es un joven audaz, de espíritu aventurero y, como su nombre indica, poseedor de una llamativa cabellera encendida que lo hace destacar en cualquier viñeta. A diferencia de otros personajes de la época que buscaban la carcajada a través de la desgracia o el absurdo absoluto, Ted se mueve en un terreno híbrido entre la aventura clásica y el humor blanco, con un pie puesto en la tradición de los héroes juveniles europeos.
La premisa de la serie nos sitúa ante un joven inquieto que, impulsado por una mezcla de curiosidad y un sentido innato de la justicia, se ve envuelto en una serie de peripecias que lo llevan a enfrentarse a misterios urbanos, pequeños complots y situaciones de peligro que resuelve con ingenio más que con fuerza bruta. El escenario suele ser la ciudad moderna de mediados de siglo, un entorno que Ibáñez dibuja con una precisión y un detalle que ya dejaban entrever su capacidad para crear mundos vibrantes y llenos de vida.
Lo que hace que 'Ted el Pelirrojo' sea una pieza de colección esencial para cualquier experto en cómics es observar la evolución técnica del autor. En estas páginas, el dibujo de Ibáñez es más estilizado y "académico" que el estilo elástico y frenético que adoptaría años después. Hay una elegancia en el trazo, una preocupación por la anatomía y la perspectiva que demuestra que el autor era capaz de dominar el género de aventuras con la misma soltura que el humorístico. Sin embargo, el germen de su genialidad cómica ya está presente: el ritmo narrativo es impecable, los gags visuales son precisos y la expresividad de los rostros —especialmente en los momentos de sorpresa o huida— es sencillamente magistral.
Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia de lectura, las historias de Ted suelen seguir una estructura de autoconclusividad donde el protagonista, a menudo acompañado por personajes secundarios que sirven de contrapunto, debe desentrañar un enigma o escapar de una trampa tendida por antagonistas que, si bien tienen un toque caricaturesco, mantienen una amenaza real dentro de la lógica del relato. Es un cómic que respira el aire de su tiempo: una mezcla de optimismo juvenil, fascinación por lo moderno y ese toque de picaresca española que Bruguera sabía imprimir a todas sus publicaciones.
Para el lector contemporáneo, redescubrir a Ted es como encontrar un eslabón perdido. Es la prueba de que el cómic español de los 50 no solo eran "chistes de una página", sino que había una ambición por construir personajes con continuidad y mundos con atmósfera. Ted no es solo un pelirrojo con suerte; es el vehículo a través del cual un joven Ibáñez experimentaba con la acción, el suspense y la narrativa cinematográfica.
En definitiva, 'Ted el Pelirrojo' es una obra que merece ser reivindicada. Representa un momento dulce en la historia de nuestra historieta, donde la aventura todavía tenía un sabor a descubrimiento y donde el talento de un autor estaba empezando a desbordar los márgenes de la página. Es una lectura refrescante, visualmente deliciosa y un testimonio histórico de cómo se forjó la leyenda del dibujo más prolífico de España. Un título imprescindible para entender de dónde venimos y cómo se construyó el lenguaje del cómic que hoy tanto admiramos.