En el vasto panteón del cómic de aventuras europeo, y más concretamente dentro de la producción que marcó a varias generaciones de lectores españoles a través de las publicaciones de Editorial Bruguera, destaca con una luz propia y gélida la figura de David de la Policía Montada. Esta obra no es solo un exponente del género de acción en entornos salvajes, sino también un testimonio del talento de los artistas españoles que, durante las décadas de los 60 y 70, conquistaron el mercado internacional con su maestría técnica.
La serie nos traslada a las indómitas tierras del Noroeste de Canadá, un escenario donde la civilización es apenas un susurro frente a la majestuosidad y la crueldad de la naturaleza. El protagonista, David, es un oficial de la Real Policía Montada del Canadá (la icónica *Mountie*), cuya misión va mucho más allá de la simple aplicación de la ley. David encarna el ideal del héroe clásico: íntegro, valiente, dotado de una resistencia física envidiable y poseedor de una brújula moral inquebrantable. Vestido con su característico uniforme de guerrera roja, David se convierte en el símbolo del orden en un territorio donde el invierno es perpetuo y la ley del más fuerte suele ser la norma.
La sinopsis de sus aventuras nos sumerge en una estructura episódica rica en matices. A diferencia de otros cómics de la época que se centraban únicamente en el intercambio de disparos, *David de la Policía Montada* equilibra con acierto la investigación detectivesca, el drama humano y la supervivencia pura. Las tramas suelen comenzar con un conflicto en los puestos fronterizos, minas aisladas o asentamientos remotos: desde robos de cargamentos de oro y disputas territoriales hasta la persecución de peligrosos forajidos que buscan refugio en la inmensidad del Yukón.
Sin embargo, el verdadero antagonista de la serie no siempre es el hombre. El guion eleva al entorno —el "Gran Norte Blanco"— a la categoría de personaje. Las ventiscas cegadoras, los ríos helados que amenazan con quebrarse y la fauna salvaje son obstáculos constantes que David debe superar. Esta lucha del hombre contra los elementos añade una capa de tensión existencial que diferencia a esta obra de los *westerns* tradicionales estadounidenses. Aquí, la victoria no se mide solo por capturar al criminal, sino por sobrevivir una noche más bajo las estrellas a cincuenta grados bajo cero.
Desde el punto de vista artístico, el cómic es una joya visual, especialmente cuando recordamos la etapa ilustrada por el maestro Enrique Badía Romero. El dibujante español, mundialmente reconocido por su trabajo en *Modesty Blaise*, aporta aquí un realismo cinematográfico impresionante. Su manejo del claroscuro es magistral; es capaz de transmitir la textura del pelaje de los perros de trineo, la pesadez de la nieve acumulada en los abetos y la expresividad curtida de los rostros de los tramperos y buscadores de fortuna. Cada viñeta está cargada de una atmósfera densa y tangible que transporta al lector directamente al corazón del bosque canadiense.
Otro aspecto fundamental de la obra es el respeto y la representación de los pueblos indígenas y los habitantes locales. Aunque el cómic es hijo de su tiempo, David suele actuar como un mediador, buscando la justicia en un entorno donde los prejuicios suelen ser tan peligrosos como las armas de fuego. Su relación con su caballo y su entorno demuestra una comunión con la tierra que dota a la serie de una sensibilidad especial.
En resumen, *David de la Policía Montada* es un clásico imprescindible para entender la evolución del tebeo de aventuras. Es una invitación a la exploración de las fronteras físicas y morales, un despliegue de virtuosismo gráfico y una narrativa que, pese al paso de los años, conserva la frescura de la nieve recién caída. Para el lector actual, sumergirse en sus páginas es recuperar el sentido de la maravilla y la aventura en estado puro, recordando una época en la que un hombre, un caballo y un código de honor eran suficientes para mantener la paz en el fin del mundo.