Flierman – Hora T

En el vasto y a veces saturado panorama del cómic independiente español, existen obras que logran trascender su nicho para convertirse en piezas de culto gracias a su autenticidad y a una voz narrativa inconfundible. "Flierman: Hora T", la obra de F.M. Díaz (Francisco Manuel Díaz), es precisamente uno de esos tesoros que desafían las convenciones del género de superhéroes para ofrecer algo mucho más crudo, humano y, sobre todo, profundamente arraigado en una realidad urbana que resulta tan familiar como asfixiante.

Como experto en el noveno arte, abordar *Hora T* requiere desprenderse de los prejuicios asociados a las mallas y las capas de las grandes editoriales norteamericanas. Aquí no encontraremos la perfección moral de Superman ni la tecnología de vanguardia de Iron Man. Flierman es, en esencia, el antihéroe por excelencia de nuestra geografía: un personaje que habita en los márgenes, moviéndose en una ciudad que parece devorar las esperanzas de sus habitantes y donde el concepto de "heroísmo" es, en el mejor de los casos, una ironía trágica.

La trama de *Hora T* se construye sobre una premisa de urgencia. El título mismo ya nos sitúa en una cuenta atrás, una tensión latente que impregna cada viñeta. La "Hora T" no es solo un momento cronológico en el calendario del protagonista; es una metáfora de la crisis, del punto de no retorno al que todos, en algún momento de nuestras vidas, nos vemos abocados. Flierman se encuentra atrapado en una red de circunstancias que lo superan, donde sus supuestas habilidades o su identidad secreta no son herramientas de salvación, sino cargas que complican su existencia en un entorno que no perdona la debilidad.

El guion de F.M. Díaz destaca por su capacidad para mezclar el costumbrismo más descarnado con elementos de género negro y una sátira social mordaz. La narrativa no se pierde en explicaciones innecesarias sobre el origen de los poderes o la cosmogonía de un universo expandido; lo que importa es el aquí y el ahora. La historia nos sumerge en una atmósfera de pesimismo existencial, pero salpimentada con un humor ácido que sirve como válvula de escape ante la sordidez de las situaciones. Es un cómic que se siente "sucio" en el mejor sentido de la palabra: huele a asfalto mojado, a tabaco barato y a la desesperación de quien sabe que el reloj no se detiene.

Visualmente, *Hora T* es una lección de estilo y atmósfera. El dibujo de Díaz huye de la limpieza anatómica del *mainstream* para abrazar un trazo más expresivo, nervioso y cargado de sombras. El uso del blanco y negro (o de una paleta cromática muy específica según la edición) refuerza esa sensación de opresión y clandestinidad. Los escenarios son personajes en sí mismos: callejones sin salida, interiores claustrofóbicos y una arquitectura urbana que parece cerrarse sobre Flierman a medida que la Hora T se aproxima. La narrativa visual es ágil, con un manejo del ritmo que sabe cuándo acelerar en las secuencias de acción y cuándo detenerse en los silencios cargados de significado.

Uno de los mayores aciertos de esta obra es cómo redefine la figura del "vigilante". Flierman no lucha contra supervillanos que quieren conquistar el mundo; lucha contra la mediocridad, contra la corrupción sistémica y, fundamentalmente, contra sus propios demonios internos. Es un reflejo distorsionado de la sociedad contemporánea, donde el individuo se siente impotente ante fuerzas que no puede controlar. La "Hora T" actúa como el catalizador que obliga al protagonista a tomar decisiones morales complejas, alejadas del maniqueísmo tradicional de "bien contra mal".

En conclusión, *Flierman: Hora T* es una lectura imprescindible para quienes buscan en el cómic algo más que entretenimiento escapista. Es una obra valiente, que se atreve a mirar a los ojos a la derrota y a la supervivencia. F.M. Díaz nos entrega una pieza de autor con una personalidad arrolladora, que reivindica el cómic de autor español y demuestra que, a veces, los héroes más interesantes no son los que vuelan sobre los rascacielos, sino los que intentan no hundirse en el barro cuando el reloj marca la hora definitiva. Sin duda, una experiencia narrativa que deja poso y que invita a la reflexión mucho después de haber cerrado sus

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