Hablar de Sabu (conocido originalmente en Japón como *Sabu to Ichi Torimono Hikae*) es adentrarse en uno de los pilares fundamentales de la narrativa gráfica japonesa y en la madurez creativa de uno de los "dioses" del manga: Shotaro Ishinomori. Publicada originalmente a finales de los años 60, esta obra no es solo un relato de detectives en el Japón feudal; es un ejercicio estético y narrativo que redefinió las posibilidades del medio, alejándose del estilo más infantil para abrazar el movimiento *gekiga* (manga dramático y adulto).
La historia nos sitúa en el vibrante y a menudo cruel periodo Edo. El protagonista que da nombre a la obra, Sabu, es un joven e idealista agente de justicia (un *okappiki*) que trabaja para el shogunato. Sabu representa la energía de la juventud, la curiosidad intelectual y un sentido inquebrantable de la rectitud. Sin embargo, su figura no estaría completa sin su contraparte y mentor espiritual: Ichi, un masajista ciego que es, en secreto, un maestro consumado en el arte de la espada.
Esta pareja constituye uno de los dúos más fascinantes de la historia del cómic. Mientras Sabu utiliza su ingenio, su capacidad de observación y su agilidad para desentrañar los misterios que asolan las calles de la capital, Ichi aporta la sabiduría de la experiencia y una letalidad silenciosa cuando las palabras ya no bastan. La ceguera de Ichi no es una limitación, sino una ventaja narrativa que Ishinomori utiliza para explorar la percepción sensorial más allá de la vista, algo que se traduce en composiciones de página absolutamente vanguardistas.
La sinopsis de *Sabu* no puede reducirse a una simple sucesión de casos criminales. Cada capítulo funciona como una ventana a la condición humana. A través de los ojos de estos dos investigadores, el lector recorre los bajos fondos de Edo, las casas de té, los templos silenciosos y los callejones empapados por la lluvia. Los misterios que enfrentan —que van desde asesinatos inexplicables hasta conspiraciones políticas y tragedias familiares— sirven como pretexto para explorar temas universales: la soledad, la injusticia social, el honor y la fragilidad de la vida.
Lo que eleva a *Sabu* a la categoría de obra maestra es el despliegue técnico de Ishinomori. Como experto, es imposible no destacar su uso del ritmo cinematográfico. El autor experimenta con el paso del tiempo, utilizando viñetas que capturan el caer de una hoja o el sonido del agua, creando una atmósfera melancólica y contemplativa que contrasta con estallidos de violencia coreografiados con una precisión quirúrgica. El dibujo evoluciona desde una claridad clásica hacia un trazo más expresionista, donde las sombras y el espacio en blanco juegan un papel crucial para transmitir la psicología de los personajes.
La obra también destaca por su rigor histórico, no solo en la arquitectura o el vestuario, sino en la representación de la estructura social de la época. Sabu y Ichi se mueven en un mundo de jerarquías rígidas donde la justicia es a menudo un lujo para los poderosos, y su labor consiste, muchas veces, en devolver la dignidad a aquellos que el sistema ha olvidado.
En conclusión, *Sabu* es una lectura imprescindible para cualquier amante del noveno arte que busque algo más que entretenimiento. Es una obra que exige una lectura pausada para apreciar la profundidad de sus diálogos y la belleza de sus composiciones. Es un viaje sensorial al corazón del antiguo Japón, guiado por un joven que busca la verdad y un hombre ciego que ve mucho más que los demás. Sin recurrir a artificios fantásticos, Ishinomori logra que lo cotidiano se vuelva épico y que cada caso resuelto deje una huella tanto en sus protagonistas como en el lector. Una pieza de orfebrería narrativa que demuestra por qué el manga es una de las formas de expresión más potentes del siglo XX.