Red Dixon

En el vasto panteón de la historieta argentina, una disciplina que ha dado al mundo maestros de la narrativa gráfica, existe una obra que destila la esencia del género de aventuras y el *noir* con una elegancia pocas veces igualada: Red Dixon. Publicada originalmente en las páginas de la mítica revista *Intervalo* de la Editorial Columba durante la década de los 80, esta obra representa un punto de inflexión y un deleite visual para cualquier estudioso del noveno arte.

Escrita por el guionista Carlos Albiac y dibujada por un joven pero ya magistral Eduardo Risso —quien años más tarde alcanzaría el estrellato mundial con *100 Ballets*—, *Red Dixon* no es solo un cómic de acción; es un ejercicio de estilo, una carta de amor al cine clásico de Hollywood y a la literatura *pulp* de mediados del siglo XX.

La historia nos sitúa en un mundo de posguerra, moviéndose entre finales de los años 40 y los 50, una época donde las fronteras eran difusas y los secretos se pagaban con sangre. El protagonista, Red Dixon, es la encarnación del aventurero clásico: un hombre de principios férreos ocultos tras una fachada de cinismo y desencanto. Dixon no es un superhéroe, ni siquiera un detective privado convencional; es un hombre de acción, un trotamundos que se mueve con la misma soltura en los callejones neblinosos de Londres que en las exóticas y peligrosas selvas del sudeste asiático o los lujosos casinos de la Riviera Francesa.

El guion de Albiac es prodigioso en su capacidad para construir atmósferas. No busca la complejidad gratuita, sino la profundidad emocional. A través de diálogos cortantes y monólogos interiores cargados de una melancolía existencialista, el lector se ve arrastrado a un mundo donde la lealtad es un bien escaso y la traición es la moneda de cambio habitual. Las tramas suelen comenzar con encargos aparentemente sencillos —recuperar un objeto, escoltar a una persona, investigar una desaparición— que inevitablemente desembocan en conspiraciones internacionales, intrigas de espionaje y enfrentamientos con *femme fatales* que son tan peligrosas como fascinantes.

Sin embargo, lo que eleva a *Red Dixon* al estatus de obra de culto es el apartado visual de Eduardo Risso. En estas páginas, Risso comienza a perfeccionar el uso del claroscuro que se convertiría en su firma personal. Su dominio de las sombras no es meramente estético; es narrativo. Las manchas de tinta negra parecen devorar a los personajes, subrayando su aislamiento y el peligro constante que los acecha. El diseño de página es dinámico, rompiendo la estructura tradicional de la época para guiar el ojo del lector con una fluidez cinematográfica. Cada viñeta está compuesta con una precisión quirúrgica, donde el vestuario, los vehículos y la arquitectura de la época están recreados con un detalle que transporta al lector de forma inmediata a ese pasado idealizado y peligroso.

La serie evita los tropos más manidos del género al dotar a Dixon de una vulnerabilidad humana. A menudo, el éxito de sus misiones deja un sabor agridulce; la justicia se imparte, pero el costo personal es elevado. Esta madurez narrativa permitió que *Red Dixon* destacara en el catálogo de Columba, ofreciendo algo más sofisticado a un público que buscaba historias que reflejaran la ambigüedad moral del mundo real.

En conclusión, *Red Dixon* es una pieza fundamental para entender la evolución del cómic adulto en español. Es una obra que combina la aventura trepidante con una introspección psicológica sutil, todo ello envuelto en un arte que prefiguraba la revolución visual que Risso llevaría al mercado estadounidense décadas después. Para el coleccionista y el amante del buen cómic, sumergirse en las peripecias de este aventurero pelirrojo es redescubrir una era donde el papel y la tinta tenían el poder de evocar mundos enteros llenos de humo, jazz y peligro. Es, en definitiva, un clásico imprescindible que merece ser reivindicado y leído con la misma pasión con la que fue creado.

Deja un comentario