En el vasto y fascinante ecosistema del tebeo español del siglo XX, pocas editoriales dejaron una huella tan profunda y diversificada como la mítica Editorial Bruguera. Dentro de su inabarcable catálogo, existe un rincón dorado —literal y figuradamente— que ocupa un lugar de honor en la memoria de los coleccionistas y amantes del noveno arte: las Novelas Gráficas Serie Amarilla. Esta colección no fue solo un producto de consumo masivo, sino una ventana a la aventura fronteriza y un testimonio del virtuosismo técnico de los dibujantes de la época.
Para entender la Serie Amarilla, primero debemos situarnos en el contexto de las "Novelas Gráficas" de Bruguera. A finales de los años 60 y principios de los 70, la editorial decidió segmentar sus publicaciones por géneros mediante un código de colores en los lomos y portadas: la Serie Azul se centraba en lo policíaco, la Roja en lo bélico, la Verde en la aventura histórica y la Serie Amarilla se convirtió en el santuario indiscutible del *western*.
La sinopsis de esta serie no se limita a una sola trama, sino a una experiencia narrativa cohesionada por el polvo del desierto, el olor a pólvora y el código de honor de las llanuras americanas. Cada ejemplar de la Serie Amarilla transportaba al lector a un Lejano Oeste vibrante y descarnado. Las historias solían presentar a héroes solitarios, sheriffs de moral inquebrantable o forajidos en busca de redención, enfrentados a paisajes implacables y a la injusticia de una tierra donde la ley aún estaba por escribirse.
Lo que hacía especial a esta colección era su formato de "bolsilibro". Con un tamaño manejable, ideal para ser llevado en el bolsillo de la chaqueta, estas novelas gráficas ofrecían una lectura rápida pero intensa. A diferencia de las revistas de historietas semanales, la Serie Amarilla presentaba relatos autoconclusivos o entregas de personajes recurrentes que permitían una inmersión más profunda en la psicología del pistolero. El lector no solo asistía a duelos al sol; se sumergía en tramas de suspense, traiciones familiares y la lucha eterna entre la civilización naciente y el salvajismo de la frontera.
Desde el punto de vista artístico, la Serie Amarilla fue un escaparate para la "escuela realista" española, cuyos artistas eran exportados a todo el mundo a través de agencias. El dibujo se caracterizaba por un uso magistral del claroscuro, una narrativa cinematográfica y un detallismo asombroso en la representación de caballos, carromatos y revólveres. Las portadas, a menudo pintadas con colores encendidos, funcionaban como carteles de cine que prometían acción desenfrenada y drama épico.
Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia de los relatos individuales, podemos decir que la Serie Amarilla exploró todas las vertientes del género. Desde el *western* más clásico y heroico, influenciado por John Ford, hasta historias con tintes más oscuros y realistas que anticipaban el auge del *spaghetti western*. Los guiones, aunque sujetos a la censura de la época, lograban filtrar una melancolía crepuscular sobre el fin de una era, haciendo que cada cabalgata hacia el horizonte se sintiera como un adiós a un mundo que desaparecía.
Hoy en día, las Novelas Gráficas Serie Amarilla son mucho más que simples cómics antiguos; son cápsulas del tiempo. Representan una era en la que el papel barato y la tinta negra eran capaces de construir universos infinitos. Para el lector contemporáneo, acercarse a esta colección es descubrir la maestría de narradores que, con recursos limitados, lograban una tensión narrativa envidiable. Es, en definitiva, una invitación a ensillar el caballo, ajustar el cinturón de balas y perderse en las páginas amarillentas de una de las épocas más prolíficas y apasionantes del cómic de aventuras en español. Una joya del patrimonio cultural que merece ser reivindicada por su capacidad de convertir el género del oeste en un lenguaje universal de justicia y libertad.