El Principe Dani

Hablar de "El Príncipe Dani" es sumergirse en los cimientos de la historieta española y, más concretamente, en la génesis creativa de uno de los mayores genios que ha dado el noveno arte en España: Francisco Ibáñez. Publicada originalmente en la década de los 50 en las páginas de la mítica revista *Pulgarcito*, de la Editorial Bruguera, esta obra representa un eslabón fundamental para entender la evolución del humor gráfico y la narrativa de la "Escuela Bruguera".

La sinopsis de esta obra nos traslada a un reino medieval que, lejos de seguir los cánones de la épica caballeresca o los cuentos de hadas tradicionales, se rige por las leyes del absurdo, el anacronismo y la bofetada cómica. El protagonista, el joven Príncipe Dani, es la antítesis del héroe legendario. Aunque viste sus mejores galas reales y habita en un castillo imponente, Dani es un personaje profundamente humano, a menudo ingenuo y dotado de una curiosidad que suele meterlo en constantes aprietos.

La trama de sus aventuras no se centra en grandes gestas militares o en el rescate de princesas en apuros, sino en la cotidianidad de un reino donde nada funciona como debería. Dani se mueve en un entorno poblado por reyes testarudos, consejeros poco brillantes y súbditos que parecen más preocupados por sus propios problemas que por la gloria de la corona. El motor de la historia es la subversión de las expectativas: allí donde el lector espera una solución heroica, Ibáñez ofrece un giro cómico basado en la torpeza o en la ironía de las situaciones.

Uno de los puntos más fascinantes de "El Príncipe Dani" es su manejo del anacronismo. A pesar de estar ambientado en una suerte de Edad Media idealizada, el autor introduce elementos contemporáneos de la España de mediados del siglo XX, creando un contraste hilarante. Esta técnica, que más tarde perfeccionaría en obras posteriores, permite que el cómic funcione como una sátira social encubierta. A través de las peripecias de Dani, se vislumbran las jerarquías rígidas, la burocracia absurda y las pequeñas miserias de la vida diaria, todo ello pasado por el tamiz de la caricatura.

Desde el punto de vista artístico, "El Príncipe Dani" es una joya para los estudiosos del medio. En estas páginas vemos a un Ibáñez primerizo, cuyo trazo todavía estaba influenciado por los grandes maestros de la época y por el estilo Disney, pero que ya empezaba a mostrar esa energía cinética tan característica. El diseño de Dani es redondeado, amable y extremadamente expresivo, permitiendo que el humor visual —el *slapstick*— fluya con una naturalidad asombrosa. Cada viñeta está cargada de detalles, y ya se percibe esa obsesión del autor por llenar los fondos con pequeños gags secundarios que recompensan

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