Hablar de Pepín no es simplemente referirse a una publicación de historietas; es invocar la piedra angular de la cultura popular mexicana del siglo XX. Para cualquier experto en el noveno arte, los números del 1 al 4 de esta mítica revista, lanzada originalmente en la década de 1930 por la Editorial Sayrols, representan el "Big Bang" de lo que hoy conocemos como la Época de Oro del cómic en México. Estos primeros ejemplares no solo sentaron las bases de una industria, sino que definieron la identidad visual y narrativa de toda una nación.
En esta sinopsis de los números fundacionales (1-4), nos adentramos en un crisol de creatividad desbordante. En aquel entonces, el concepto de "Pepín" era revolucionario: una publicación de aparición diaria (algo casi inaudito en el resto del mundo) que ofrecía un compendio de diversas historias por entregas. Al abrir estas páginas, el lector se encuentra con una amalgama de géneros que van desde el melodrama más desgarrador hasta la aventura exótica, pasando por el humor costumbrista que retrataba con precisión quirúrgica las calles de la Ciudad de México.
La premisa de estos primeros cuatro números es establecer un universo de entretenimiento total. A diferencia de los cómics modernos centrados en un solo héroe, *Pepín 1-4* funciona como una antología de largo aliento. En sus páginas iniciales, somos testigos del nacimiento de arquetipos que marcarían a generaciones. Se presentan tramas que exploran la lucha de clases, el honor familiar y la picaresca urbana. El lector de la época —y el coleccionista actual— se ve sumergido en relatos donde la justicia no siempre es perfecta y donde el ingenio del mexicano común es la herramienta principal para sobrevivir a la adversidad.
Desde el punto de vista artístico, estos ejemplares son un testimonio de la evolución técnica. En los números 1 al 4, se percibe una transición fascinante: la influencia de las tiras de prensa estadounidenses (el *syndicate*) empieza a mezclarse con un trazo local mucho más expresivo, dinámico y cargado de una estética propia. Es aquí donde empezamos a ver el trabajo de pioneros que, con el tiempo, se convertirían en leyendas, experimentando con la composición de la página y el uso de las sombras para acentuar el drama de las "novelas gráficas" (término que, aunque no se usaba entonces, describe perfectamente la profundidad de los guiones de *Pepín*).
Lo que hace que estos primeros cuatro números sean vitales es su capacidad para capturar el *zeitgeist* de un México en plena transformación post-revolucionaria. No hay spoilers que valgan cuando se habla de la atmósfera de *Pepín*: es una experiencia de inmersión en la que el suspenso al final de cada página estaba diseñado para obligar al lector a buscar el ejemplar del día siguiente en el puesto de periódicos. Las tramas de aventura nos llevan a selvas desconocidas y ciudades futuristas, mientras que los dramas urbanos nos encierran en vecindades llenas de vida y conflicto.
Sin revelar giros argumentales, se puede afirmar que *Pepín 1-4* establece el tono de la "historieta de continuidad". Los conflictos presentados no se resuelven de inmediato; se tejen con paciencia, creando un vínculo emocional inquebrantable entre el personaje y el lector. Es en estos números donde se gesta el fenómeno del "pepinismo", un movimiento social donde la revista era leída por obreros, intelectuales, niños y amas de casa por igual, unificando los gustos de una sociedad diversa.
En resumen, los números 1 al 4 de *Pepín* son el registro de un milagro editorial. Son la puerta de entrada a un mundo donde la imaginación no tenía límites presupuestarios y donde cada viñeta era un espejo de la realidad o una ventana a la fantasía más pura. Para el estudioso del cómic, estos ejemplares son el mapa genético de la narrativa gráfica latinoamericana, un tesoro de nostalgia y maestría narrativa que demuestra por qué, durante décadas, México fue una de las potencias mundiales en la producción de historietas. Explorar estos inicios es entender el ADN de la cultura visual hispana.