En el vasto y a menudo convulso panorama del humor gráfico español, pocas obras han logrado capturar la esencia de una idiosincrasia nacional con la agudeza, el cinismo y la economía de medios de "Pepe, Ruiz y Pujol". Creada por el magistral Jaume Perich, una de las plumas más afiladas y lúcidas de la Transición española, esta serie de viñetas trasciende el mero entretenimiento para convertirse en un tratado sociológico disfrazado de tira cómica.
Para entender "Pepe, Ruiz y Pujol", primero debemos situarnos en el contexto de la España de los años 70 y principios de los 80. En un país que intentaba despertar de un largo letargo autoritario y asomarse a la democracia, Perich utilizó a estos tres personajes como un espejo deformante —pero terriblemente preciso— de las jerarquías, las hipocresías y las luchas de poder que definían la vida cotidiana.
La premisa es de una sencillez engañosa. No estamos ante una narrativa de aventuras con un inicio, nudo y desenlace tradicional, sino ante una sucesión de diálogos y situaciones que diseccionan la estructura social a través de tres arquetipos fundamentales. Estos personajes no son individuos con una psicología compleja o un pasado detallado; son símbolos, funciones dentro de un engranaje mayor.
Pepe es la base de la pirámide. Representa al ciudadano de a pie, al trabajador, al "pueblo" que sufre las consecuencias de las decisiones tomadas en las altas esferas. Es el personaje que suele recibir los golpes, el que cuestiona con una lógica aplastante pero impotente las injusticias del sistema. Pepe es la voz de la calle, cargada de un escepticismo que nace de la experiencia de ser siempre el último en la fila de los beneficios y el primero en la de los sacrificios.
Ruiz, por su parte, encarna el poder establecido, la autoridad, la burocracia o el empresariado más rígido. Es el orden, la norma y, a menudo, la cerrazón. En sus interacciones, Ruiz suele representar esa fuerza inamovible que justifica el statu quo mediante argumentos que, bajo la lupa del humor de Perich, revelan su absurdo intrínseco. Es el contrapunto necesario para que la dialéctica del cómic funcione, mostrando cómo el poder se autoperpetúa a través del lenguaje y la estructura.
Finalmente, Pujol (cuyo nombre, en el contexto de la época, evocaba inevitablemente a la burguesía catalana y al pactismo político) actúa frecuentemente como el intermediario, el hombre de negocios o el político que busca el equilibrio —o el beneficio propio— entre las dos fuerzas anteriores. Representa la astucia, la negociación y, en ocasiones, la ambigüedad moral necesaria para navegar entre el poder de Ruiz y las necesidades de Pepe.
Lo que hace que "Pepe, Ruiz y Pujol" sea una obra maestra del noveno arte es el estilo visual de Perich. Su dibujo es minimalista, casi esquemático. No hay fondos innecesarios ni florituras técnicas que distraigan al lector. Perich entendía que en la sátira política y social, la imagen debe ser un vehículo directo para el dardo verbal. Sus personajes son trazos rápidos pero llenos de personalidad, capaces de transmitir una actitud —cansancio, soberbia, astucia— con apenas un par de líneas en las cejas o la comisura de los labios.
El verdadero motor de la obra es el diálogo. Perich era un orfebre de la palabra, capaz de condensar en dos frases una crítica demoledora a la economía, la religión o la política exterior. El humor no busca la carcajada fácil, sino la sonrisa amarga del reconocimiento. Es un cómic que obliga al lector a pensar, a leer entre líneas y a identificar esas mismas dinámicas en su propia realidad.
A pesar de haber sido concebida en un momento histórico muy concreto, la vigencia de "Pepe, Ruiz y Pujol" es asombrosa. Aunque los nombres de los políticos cambien y las leyes se sucedan, las tensiones entre el que manda, el que obedece y el que negocia parecen ser universales. Leer hoy estas viñetas es descubrir que, bajo el barniz de la modernidad, los mecanismos del poder y la resistencia siguen siendo, en esencia, los mismos.
En conclusión, "Pepe, Ruiz y Pujol" es una lectura esencial para cualquier amante del cómic que busque algo más que evasión. Es una obra que dignifica el humor gráfico como una herramienta de análisis social de primer orden. Jaume Perich no solo dibujó chistes; cartografió el alma de una sociedad en cambio, dejándonos