Sumergirse en las páginas de "Federico", la aclamada novela gráfica del ilustrador y arquitecto argentino Iñaki Echeverría, es mucho más que leer una biografía en viñetas; es asistir a una invocación. Como experto en el noveno arte, puedo afirmar que nos encontramos ante una de las aproximaciones más viscerales, respetuosas y artísticamente arriesgadas sobre la figura de Federico García Lorca, el poeta más universal de las letras españolas.
La obra no se conforma con ser un mero registro cronológico de hechos. Echeverría utiliza el lenguaje del cómic para capturar lo inasible: el "duende". Desde las primeras páginas, el lector es transportado a una España de contrastes, donde la luz cegadora de Andalucía convive con las sombras alargadas de una tragedia inminente. La narrativa nos lleva de la mano por los hitos fundamentales de la vida de Federico, pero lo hace priorizando la atmósfera y la emoción sobre el dato enciclopédico.
El guion y el dibujo se fusionan para explorar la infancia de Lorca en Fuente Vaqueros, ese entorno rural que sembró en él la semilla de la naturaleza y la música. Sin embargo, el corazón del cómic late con especial fuerza al retratar los años de la Residencia de Estudiantes en Madrid. Es aquí donde el cómic brilla al mostrar la efervescencia intelectual de la Generación del 27. Ver a Federico interactuar con figuras de la talla de Salvador Dalí y Luis Buñuel no es solo un ejercicio de nostalgia histórica; es ver el choque de tres genios que cambiaron el rumbo del arte moderno. Echeverría logra plasmar esa tensión creativa, esa amistad compleja y ese despertar estético con una maestría visual asombrosa.
Uno de los puntos más altos de la obra es el tratamiento del viaje de Lorca a Nueva York. En este segmento, el dibujo de Echeverría se vuelve más oscuro, más denso y casi opresivo, reflejando perfectamente el impacto que la metrópoli industrial tuvo en el poeta. El cómic logra traducir las metáforas surrealistas de *Poeta en Nueva York* a imágenes potentes que parecen gritar desde el papel, capturando la angustia, la soledad y la denuncia social que Federico plasmó en sus versos.
Visualmente, "Federico" es una lección de estilo. El autor opta por un blanco y negro rotundo, cargado de claroscuros que remiten al expresionismo. El trazo es enérgico, a veces sucio y otras veces de una elegancia minimalista, adaptándose al estado de ánimo del protagonista. No es un dibujo complaciente; es un dibujo que busca la esencia. El uso de las manchas de tinta evoca tanto la sangre como la escritura, un recordatorio constante de que la vida y la obra de Lorca son inseparables.
Sin caer en el *spoiler* histórico —aunque el destino final de Lorca es de conocimiento público—, el cómic maneja el tramo final de su vida con una delicadeza sobrecogedora. No busca el morbo ni el panfleto político fácil, sino que se centra en la pérdida irreparable que significó su silencio para la cultura mundial. La obra construye una tensión creciente, donde el entorno político de la España de los años 30 se siente como una tormenta que se avecina, cerrando el cerco sobre un hombre que solo quería cantar a la vida, al amor y a la libertad.
En conclusión, "Federico" es una pieza imprescindible para cualquier amante del cómic que busque profundidad narrativa y experimentación visual. Es una obra que exige ser leída con calma, permitiendo que las imágenes respiren y que el eco de los versos de Lorca resuene entre las viñetas. Iñaki Echeverría no solo ha dibujado a un hombre; ha dibujado un mito, recordándonos por qué, casi un siglo después, la voz de Federico García Lorca sigue siendo tan necesaria y tan viva. Es, en definitiva, un homenaje en tinta y papel a la altura del gigante que lo inspira.