Don Pedro Conde

Dentro del vasto y variopinto ecosistema de la historieta española, específicamente en la irrepetible época dorada de la Editorial Bruguera, existen personajes que logran trascender el simple chiste de página para convertirse en espejos deformantes de una realidad social. Uno de estos personajes, nacido de la pluma y el ingenio del legendario Manuel Vázquez, es Don Pedro Conde.

Publicado originalmente en revistas emblemáticas como *Pulgarcito* a finales de la década de los 40 y principios de los 50, *Don Pedro Conde* no es solo una tira cómica; es una sátira punzante sobre la decadencia, las apariencias y la inquebrantable dignidad del hidalgo arruinado. Manuel Vázquez, conocido por ser el "enfant terrible" del cómic español y creador de iconos como *Anacleto* o *La familia Cebolleta*, volcó en esta obra una de las constantes más dolorosas y recurrentes de la España de la posguerra: el hambre, pero vista desde el prisma de la aristocracia caída en desgracia.

La premisa nos presenta a Don Pedro, un aristócrata de linaje impecable pero bolsillos vacíos. Su figura es inconfundible: alto, enjuto, con un bigote aristocrático, monóculo y un atuendo que, aunque raído, intenta conservar la elegancia de tiempos mejores. Don Pedro habita en un castillo que es, en sí mismo, un personaje más de la trama. Se trata de una fortaleza en ruinas, llena de goteras, telarañas y muebles que se desintegran al tacto, pero que él defiende como si fuera el palacio de Versalles.

El conflicto central de cada historieta suele girar en torno a la supervivencia diaria. Don Pedro Conde es la representación moderna del hidalgo del *Lazarillo de Tormes* o del mismísimo *Don Quijote*. Su principal obsesión es mantener la fachada de opulencia ante el mundo exterior, mientras su estómago ruge de vacío. Para ello, cuenta con la ayuda (y el sufrimiento) de su fiel sirviente, Fierro. Fierro es el contrapunto pragmático y terrenal de la locura de grandeza de su señor. Es el escudero que debe lidiar con la falta de suministros, las deudas impagables y las disparatadas ideas de Don Pedro para conseguir comida o impresionar a algún visitante desprevenido.

La dinámica entre Don Pedro y Fierro es oro puro en términos de comedia de situación. Mientras el conde se pierde en discursos sobre la nobleza y el honor, Fierro intenta desesperadamente que el techo no se les caiga encima o que el cobrador de los impuestos no los eche de la propiedad. Esta relación permite a Vázquez explorar un humor que va desde el *slapstick* (golpes y caídas visuales) hasta la ironía más fina y mordaz sobre las jerarquías sociales.

Visualmente, el cómic es un testimonio del talento de Vázquez. Su trazo es dinámico, capaz de transmitir la decrepitud del entorno con apenas unas líneas maestras. El diseño de personajes es expresivo al extremo; los gestos de altivez de Don Pedro contrastan de forma hilarante con las situaciones humillantes en las que suele terminar. El autor utiliza el espacio en blanco y el detalle arquitectónico del castillo para enfatizar la soledad y el aislamiento de estos dos personajes que parecen vivir en un tiempo que ya no existe.

Lo que hace que *Don Pedro Conde* sea una obra imprescindible para cualquier estudioso del noveno arte es su capacidad para tratar temas universales como la pobreza y el orgullo sin caer en el melodrama barato. Es una crítica feroz a una sociedad que valora más el título que la persona, y a una clase social que prefiere morir de inanición antes que trabajar con las manos. Sin embargo, a pesar de sus delirios, Don Pedro resulta un personaje entrañable. Hay algo heroico en su negativa a aceptar su realidad, una resistencia cómica contra el paso del tiempo y la modernidad que lo ha dejado atrás.

En resumen, *Don Pedro Conde* es una joya de la sátira costumbrista.

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