Huron

En el vasto y a menudo saturado panorama del cómic contemporáneo, surgen ocasionalmente obras que no solo narran una historia, sino que logran atrapar al lector por la garganta mediante una atmósfera asfixiante y una estética demoledora. "Hurón", la obra magna del autor e ilustrador español Fran Galán, es precisamente uno de esos hallazgos. Publicada originalmente bajo el sello de Dibbuks, esta novela gráfica se erige como un monumento a la narrativa visual cruda, situándose en algún lugar entre el *noir* más salvaje, el *western* crepuscular y la distopía post-apocalíptica más visceral.

La historia nos sitúa en un mundo que parece haber olvidado el significado de la palabra "piedad". No estamos ante un apocalipsis de neón o de desiertos infinitos al estilo *Mad Max*, sino ante una realidad empapada en barro, óxido y sangre. En este escenario de decadencia moral y física, conocemos a nuestro protagonista: Hurón. Su nombre no es un simple apodo; es una definición de su naturaleza. Al igual que el animal, este hombre es un rastreador implacable, una criatura que se mueve por las grietas de una sociedad rota, sobreviviendo gracias a un instinto letal y una eficiencia silenciosa que hiela la sangre.

La premisa de la obra arranca con un encargo aparentemente sencillo pero cargado de peligro: Hurón debe encontrar a alguien. En un mundo donde la ley ha sido sustituida por la voluntad del más fuerte y donde cada rincón esconde una amenaza, este viaje de búsqueda se transforma rápidamente en un descenso a los infiernos de la condición humana. A medida que el protagonista avanza por territorios hostiles, el lector es testigo de un desfile de personajes grotescos, comunidades al borde de la locura y una violencia que, lejos de ser gratuita, se siente como la única moneda de cambio válida en este entorno hostil.

Lo que hace que "Hurón" destaque por encima de otros relatos de supervivencia es la maestría con la que Fran Galán maneja el silencio. El protagonista apenas habla; no lo necesita. Sus acciones, sus cicatrices y su mirada cansada cuentan todo lo que necesitamos saber sobre su pasado y su presente. Es un ejercicio de narrativa pura donde el peso de la historia recae en la composición de página y en la gestualidad de los personajes.

Hablar de "Hurón" es, obligatoriamente, hablar de su apartado artístico. Galán despliega un dominio del blanco y negro que roza lo magistral. El uso de las sombras no es meramente decorativo; las manchas de tinta parecen devorar a los personajes, creando una sensación de claustrofobia incluso en espacios abiertos. El trazo es enérgico, sucio cuando la escena lo requiere y extremadamente detallado en la representación de la decrepitud. Cada viñeta parece sudar, sangrar y oler a pólvora quemada. La influencia del cómic europeo más oscuro y del expresionismo es evidente, pero Galán logra forjar una identidad visual propia que es, a la vez, elegante y brutal.

Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia, la trama de "Hurón" explora temas universales como la redención, la venganza y la delgada línea que separa al hombre de la bestia cuando se le despoja de todo rastro de civilización. No es una lectura ligera; es una obra que exige atención y que recompensa al lector con una intensidad emocional que perdura mucho después de cerrar el libro.

En conclusión, "Hurón" es una pieza imprescindible para cualquier amante del noveno arte que busque historias con alma, garra y una factura técnica impecable. Es un recordatorio de que, incluso en los escenarios más oscuros y desesperanzadores, la narrativa visual tiene el poder de encontrar una belleza terrible y fascinante. Fran Galán no solo nos entrega un cómic de acción y suspense, sino una reflexión muda sobre lo que queda de nosotros cuando el mundo decide dejar de girar. Una joya del cómic español moderno que merece un lugar destacado en cualquier biblioteca especializada.

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