En el vasto y a menudo inexplorado mapa de la historia del cómic independiente estadounidense, pocos nombres resuenan con tanta fuerza nostálgica y relevancia histórica como Megaton. Publicada originalmente a principios de la década de los 80 por la editorial homónima, Megaton Comics, esta obra no es solo un título, sino un fenómeno que sirvió como el crisol donde se forjaron algunas de las mentes más brillantes que revolucionarían la industria años más tarde.
Bajo la visión editorial y creativa de Gary Carlson, *Megaton* nació en 1981 como una antología de superhéroes que desafiaba las convenciones de las grandes editoriales de la época. En un momento en que Marvel y DC dominaban el mercado con puño de hierro, Carlson decidió abrir una ventana para creadores noveles, ofreciendo un espacio donde la experimentación y la energía bruta del "hazlo tú mismo" eran la moneda de cambio. El resultado fue una serie que, a pesar de su modesta distribución inicial, exudaba una ambición que desbordaba sus páginas.
La premisa central de la antología gira en torno al personaje que da nombre a la cabecera: Megaton. Este héroe, imbuido de un poder atómico devastador, actúa como el eje gravitacional de un universo compartido que se siente vibrante y en constante expansión. Sin embargo, la verdadera magia de *Megaton* no reside únicamente en su protagonista, sino en la amalgama de historias secundarias y personajes que poblaron sus números. Fue aquí donde el concepto de "universo interconectado" se aplicó con una frescura que solo el ámbito independiente podía permitirse.
Para cualquier estudioso del medio, leer *Megaton* hoy es como observar un yacimiento arqueológico de la era moderna del cómic. Es en estas páginas donde el mundo conoció por primera vez a figuras que hoy son iconos culturales. El caso más emblemático es, sin duda, el de The Dragon (quien más tarde se convertiría en el célebre *Savage Dragon*). Un joven Erik Larsen comenzó a pulir su estilo y a definir la mitología de su carismático oficial de policía de piel verde en los números de esta antología. La energía cinética de Larsen, su amor por la acción desenfrenada y su diseño de personajes único ya eran evidentes desde sus primeras apariciones en el título de Carlson.
Pero Larsen no fue el único. *Megaton* fue también el campo de pruebas para un jovencísimo Rob Liefeld, quien aportó sus primeros diseños y conceptos que más tarde darían forma a equipos como *Youngblood*. La serie también presentó a personajes como Vanguard y Ethrian, expandiendo las fronteras de la narrativa desde el vigilantismo urbano hasta la ciencia ficción cósmica y la fantasía épica.
Visualmente, el cómic es un testimonio de la evolución del arte en la Edad de Bronce tardía. Aunque los primeros números pueden mostrar la crudeza de artistas en formación, hay una pasión innegable en cada trazo. La narrativa es dinámica, con un ritmo que rara vez da tregua al lector, saltando de batallas colosales a intrigas políticas y dilemas morales que, para la época, se sentían sorprendentemente maduros para una publicación independiente.
El tono de *Megaton* captura perfectamente esa transición entre la inocencia de los superhéroes clásicos y la oscuridad cínica que definiría los años 90. Hay una sensación de peligro real; los héroes no siempre ganan sin coste, y las consecuencias de sus actos resuenan a través de los diferentes arcos argumentales. Gary Carlson logró algo que pocas antologías consiguen: que cada historia, por breve que fuera, se sintiera esencial para el tejido de ese mundo.
En resumen, *Megaton* es una pieza fundamental para entender la génesis de lo que hoy conocemos como el movimiento de Image Comics y la explosión del cómic de autor. Es una obra que celebra la libertad creativa y el potencial ilimitado del género de superhéroes cuando se despoja de las ataduras corporativas. Para el lector contemporáneo, sumergirse en sus páginas es redescubrir el entusiasmo puro por contar historias, un viaje a un tiempo donde cada página podía contener el nacimiento de una leyenda. Es, en esencia, el eslabón perdido entre la tradición clásica y la revolución moderna del noveno arte.