Adentrarse en las páginas de "Pelusín y Pelusilla", especialmente en esta recopilación que abarca sus volúmenes 1 y 2, es realizar un viaje directo al corazón de la edad de oro del tebeo español. Creados por el legendario Manuel Vázquez, uno de los pilares fundamentales de la Escuela Bruguera, estos personajes representan una faceta fascinante y a menudo reivindicada de la historieta doméstica de mediados del siglo XX. Como experto en el noveno arte, es un placer desglosar lo que hace de esta obra una pieza imprescindible para entender la evolución del humor gráfico en España.
La premisa de la serie es, en apariencia, sencilla: seguimos las andanzas cotidianas de dos hermanos, Pelusín y Pelusilla. Sin embargo, bajo la pluma de un genio de la picaresca como Vázquez, la cotidianidad se transforma en un escenario de caos controlado, ingenio infantil y una sutil pero punzante crítica a las convenciones sociales de la época. A diferencia de otros niños del cómic de aquel entonces, que solían ser o excesivamente virtuosos o puramente destructivos, los protagonistas de Vázquez poseen una humanidad desbordante. Son curiosos, a veces egoístas, a menudo brillantes en su lógica interna y, por encima de todo, profundamente divertidos.
En estos dos primeros volúmenes, el lector asistirá a la cristalización del estilo de Vázquez. Pelusín, el hermano mayor, suele actuar como el cerebro de las operaciones, un pequeño estratega cuyas ambiciones chocan constantemente con la realidad del mundo adulto. Pelusilla, por su parte, no es una mera acompañante; su presencia aporta un contrapunto de ternura y, en ocasiones, una perspicacia que desarma los planes de su hermano o las reprimendas de sus padres. La dinámica entre ambos es el motor de la obra, construyendo un retrato de la infancia que se siente auténtico a pesar del paso de las décadas.
Visualmente, "Pelusín y Pelusilla 1-2" es un festín para los amantes del dibujo dinámico. Vázquez es conocido por su trazo suelto, casi nervioso, que dota a los personajes de una expresividad inigualable. En estas páginas se observa cómo el autor domina el lenguaje corporal y la narrativa visual: no hace falta leer los bocadillos para entender la frustración de un padre ante un jarrón roto o la alegría traviesa de los niños tras una travesura exitosa. Los fondos, aunque a menudo minimalistas para centrar la atención en la acción, capturan a la perfección la estética de los hogares y barrios de la España de los años 50 y 60, convirtiendo el cómic en un documento histórico involuntario.
El humor de estos volúmenes huye del chiste fácil o la bofetada gratuita. Se basa en la situación, en el malentendido y en el choque de trenes entre la imaginación desbordante de la niñez y la rigidez del mundo de los mayores. Vázquez logra que empaticemos con ambos bandos: reímos con las ocurrencias de los pequeños, pero también suspiramos con la resignación de los adultos que intentan mantener un orden imposible. Es un humor universal que no ha perdido ni un ápice de frescura.
Para el coleccionista y el nuevo lector, esta edición de los volúmenes 1 y 2 supone recuperar una parte esencial del patrimonio cultural. No se trata solo de nostalgia; es una lección de narrativa gráfica. Aquí vemos a un autor en pleno dominio de sus facultades, capaz de convertir una anécdota de apenas una página en una estructura cómica perfecta. La lectura de estas historias nos permite comprender por qué Vázquez influyó en generaciones posteriores de dibujantes y por qué sus personajes siguen vivos en el imaginario colectivo.
En conclusión, "Pelusín y Pelusilla 1-2" es mucho más que un conjunto de historietas infantiles. Es una obra maestra de la comedia de costumbres, un despliegue de talento artístico y, sobre todo, un recordatorio de que la infancia es ese territorio donde la lógica y la aventura no conocen límites. Ya sea por el interés histórico de la Editorial Bruguera o por el simple placer de disfrutar de un buen tebeo, esta obra merece un lugar destacado en cualquier biblioteca que se precie de amar el cómic.