El Pequeño Mosquetero

Dentro del vasto y colorido panteón de la historieta española, especialmente aquella forjada en los hornos de la mítica Editorial Bruguera, existen joyas que, aunque a veces eclipsadas por gigantes como Mortadelo o Zipi y Zape, representan la cumbre del talento artístico y narrativo de sus autores. Una de estas piezas fundamentales es, sin duda, "El Pequeño Mosquetero", la obra maestra de Gustavo Martínez Galán, universalmente conocido por su seudónimo Martz Schmidt.

Publicada originalmente a finales de la década de los 50 en las páginas de la revista *Pulgarcito*, esta serie nos traslada a una Francia del siglo XVII que parece extraída directamente de las novelas de Alejandro Dumas, pero pasada por el tamiz del humor absurdo, el dinamismo visual y la sátira social propia de la "Escuela Bruguera".

Un héroe a contracorriente

La premisa de "El Pequeño Mosquetero" nos presenta a un protagonista cuyo nombre rara vez se menciona más allá de su rango, un joven de corta estatura pero de un valor y una destreza con el acero que desafían su apariencia física. A diferencia de otros personajes de la época que basaban su humor en la torpeza absoluta, nuestro pequeño héroe es, en realidad, un espadachín consumado y un servidor leal de la corona. Sin embargo, su tragedia —y la fuente inagotable de comedia para el lector— reside en que vive en un mundo poblado por incompetentes, burócratas corruptos y situaciones tan disparatadas que su nobleza siempre termina estrellándose contra la realidad más prosaica.

El cómic no es solo una parodia de las novelas de capa y espada; es una deconstrucción del mito del héroe romántico. El Pequeño Mosquetero intenta mantener el honor, la elegancia y la rectitud en un entorno donde los duelos suelen terminar en persecuciones frenéticas y donde las intrigas palaciegas del Cardenal Richelieu (o sus trasuntos humorísticos) se ven frustradas no por planes maestros, sino por accidentes ridículos.

La maestría visual de Martz Schmidt

Lo que eleva a "El Pequeño Mosquetero" por encima de la media es el dibujo de Martz Schmidt. Considerado uno de los "cinco grandes" de Bruguera, Schmidt poseía un estilo que mezclaba la elegancia del dibujo académico con una elasticidad caricaturesca casi mágica. En esta obra, el autor despliega todo su arsenal: los escenarios de París, con sus tabernas polvorientas y sus palacios barrocos, están detallados con una precisión asombrosa que nunca entorpece la lectura.

El diseño del protagonista es icónico: su gran nariz, su bigote afilado y su tabardo azul con la cruz de los mosqueteros le confieren una silueta reconocible al instante. Pero es en el movimiento donde Schmidt brilla. Las escenas de esgrima en este cómic son lecciones de narrativa visual; las espadas parecen vibrar en el papel, y las coreografías de las peleas tienen un ritmo cinematográfico que recuerda a las mejores películas de Errol Flynn, pero con el remate cómico de un dibujo animado de la Warner Bros.

Un universo de enredos y honor

La estructura de las historias suele ser autoconclusiva, ideal para el formato de revista de la época. En ellas, vemos al Pequeño Mosquetero enfrentarse a misiones imposibles encomendadas por un Rey que a menudo está más preocupado por sus caprichos que por el Estado, o intentando desbaratar los planes de los guardias del Cardenal, sus eternos rivales.

Sin embargo, el guion huye de la violencia gratuita. El conflicto se resuelve mediante el ingenio, la agilidad y, sobre todo, el diálogo punzante. Martz Schmidt, que a menudo escribía sus propios guiones, dotó a la serie de un lenguaje rico, trufado de arcaísmos cómicos y una ironía fina que deleitaba tanto a los niños, que buscaban la acción, como a los adultos, que apreciaban la sátira de las instituciones.

Por qué leerlo hoy

"El Pequeño Mosquetero" es un testimonio de una época dorada del cómic europeo. Leerlo hoy es reencontrarse con un autor que amaba el detalle y que entendía que el humor no está reñido con la belleza estética. Es una obra que celebra el espíritu del "underdog", del pequeño que se enfrenta a los grandes poderes con nada más que su astucia y su espada, recordándonos que, aunque el mundo sea un lugar caótico y a menudo injusto, siempre hay espacio para la dignidad… y para una buena carcajada.

Sin caer en el spoiler, basta decir que cada aventura es un despliegue de ingenio donde lo visual y lo narrativo se dan la mano de forma magistral. Es, en definitiva, una lectura imprescindible para cualquier amante del noveno arte que desee comprender cómo la historieta española logró elevar la parodia de género a la categoría de arte mayor.

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