Mi tío y yo: Una joya del costumbrismo gráfico español
Dentro del vasto y rico panorama del tebeo clásico español, pocas obras logran capturar la esencia de la cotidianidad con la maestría, el cariño y el humor blanco de *Mi tío y yo*. Creada por el inolvidable Joan Bernet Toledano, esta serie se convirtió en uno de los pilares fundamentales de la mítica revista *TBO*, dejando una huella imborrable en varias generaciones de lectores que buscaban en sus páginas un reflejo amable, aunque a veces disparatado, de la vida familiar.
La premisa de *Mi tío y yo* es, en apariencia, sencilla, pero es precisamente en esa simplicidad donde reside su genialidad. La historieta nos narra las peripecias de una pareja de parientes: un sobrino —que actúa como narrador y, a menudo, como el contrapunto sensato— y su tío Eustaquio, el verdadero motor cómico de la obra. A través de sus páginas, asistimos a una sucesión de anécdotas autoconclusivas que exploran la relación entre ambos, marcada por un afecto incondicional que sobrevive a los desastres más pintorescos.
El tío Eustaquio es un personaje magistralmente construido. Representa a ese tipo de pariente que todos hemos tenido alguna vez: un hombre de mediana edad, algo chapado a la antigua, rebosante de buenas intenciones pero dotado de una asombrosa capacidad para complicar las situaciones más triviales. Ya sea intentando arreglar un electrodoméstico, planeando una excursión al campo o tratando de iniciarse en un nuevo pasatiempo, el tío Eustaquio encarna el optimismo ciego que precede inevitablemente al caos. Su figura, con su característica calvicie incipiente y su indumentaria siempre pulcra, es un icono de la clase media española de mediados del siglo XX.
Por su parte, el sobrino ejerce de testigo y cómplice. Su papel es fundamental para anclar la narrativa; es el observador que, con una mezcla de resignación y ternura, nos guía por las ocurrencias de su tío. La dinámica entre ambos es el corazón del cómic: una danza constante entre la experiencia (a veces mal entendida) de la madurez y la mirada curiosa de la juventud. No hay antagonistas en *Mi tío y yo*; los conflictos surgen de la propia vida, de los malentendidos y de esa ley de Murphy que parece perseguir al bueno de Eustaquio.
Visualmente, el trabajo de Bernet Toledano es un prodigio de la "línea clara" aplicada al humor. Su dibujo es limpio, elegante y extremadamente expresivo. Los escenarios, aunque a menudo domésticos, están dotados de un nivel de detalle que permite al lector sumergirse en la España de la época: los muebles, la moda y los objetos cotidianos están retratados con una precisión casi documental. Sin embargo, es en la narrativa visual donde el autor destaca; su capacidad para coreografiar el *slapstick* (el humor físico) sin necesidad de estridencias es lo que otorga a la obra su ritmo pausado pero efectivo.
El tono de la obra es marcadamente costumbrista. A diferencia de otros personajes de la Escuela Bruguera, que a menudo se movían en entornos de frustración o crítica social ácida, los protagonistas de *Mi tío y yo* habitan un mundo donde reina la benevolencia. Es un humor que no busca la herida, sino la sonrisa cómplice. Las historias celebran las pequeñas cosas: el valor de la familia, la importancia de la paciencia y la belleza de lo cotidiano, incluso cuando termina en un pequeño desastre doméstico.
En conclusión, *Mi tío y yo* no es solo un cómic de humor; es un testimonio gráfico de una forma de entender la vida y la familia. Para el lector actual, acercarse a esta obra de Bernet Toledano es realizar un viaje nostálgico a un tiempo donde las aventuras se encontraban a la vuelta de la esquina o en el salón de casa. Es una lectura imprescindible para entender la evolución del tebeo español y para recordar por qué, a veces, los héroes más memorables no llevan capa, sino que son simplemente tíos entrañables con ideas un tanto descabelladas. Una obra que, décadas después, sigue conservando intacto su encanto y su capacidad para recordarnos que, pase lo que pase, la familia siempre es el mejor refugio.