En el vasto y a menudo sombrío panteón del cómic español de los años 80, una época dorada conocida como el "boom del cómic adulto", pocas obras logran capturar la esencia de la calle con la crudeza y el realismo de "Martín Vega de la B.I.C.". Fruto de la colaboración entre dos titanes de la narrativa gráfica, el guionista Antonio Segura y el dibujante José Ortiz, esta serie se erige como un pilar fundamental del género policial y el *noir* patrio, ofreciendo una crónica descarnada de una España en plena transición que luchaba por encontrar su identidad entre las sombras del pasado y la incertidumbre del futuro.
La trama nos introduce en la vida cotidiana de Martín Vega, un inspector perteneciente a la Brigada de Investigación Criminal (B.I.C.). Pero no esperen encontrar aquí al héroe impoluto de las novelas de misterio clásicas, ni al superagente capaz de resolver entuertos con gadgets tecnológicos. Vega es un hombre de carne y hueso, un funcionario cansado, a menudo malhumorado y profundamente desencantado, que recorre las calles de una Barcelona (y en ocasiones otras geografías españolas) que dista mucho de las postales turísticas. Es una ciudad de callejones húmedos, pensiones de mala muerte, bares donde el humo del tabaco se puede cortar con un cuchillo y comisarías donde el café siempre está frío y la burocracia es tan asfixiante como el crimen.
El contexto histórico es vital para entender la magnitud de esta obra. Publicada originalmente en las páginas de la mítica revista *Cimoc* de Norma Editorial, "Martín Vega" refleja el desencanto de una sociedad que, tras el fin de la dictadura, se topó de frente con problemas que el régimen anterior intentaba ocultar o reprimir: el auge del tráfico de heroína, la delincuencia juvenil —el fenómeno "quinqui"—, la prostitución en condiciones de esclavitud y, sobre todo, la corrupción institucional que permeaba las capas del poder. Vega se mueve en este fango con una mezcla de cinismo y una ética personal inquebrantable, aunque a veces maltrecha. Su placa no es un símbolo de autoridad absoluta, sino un escudo abollado con el que intenta, no siempre con éxito, mantener a raya el caos.
Narrativamente, Antonio Segura despliega un talento excepcional para el diálogo seco y directo. Sus guiones no se andan con rodeos; son golpes directos al estómago que exploran la psicología de los bajos fondos. Los casos que Vega debe resolver no son rompecabezas intelectuales, sino tragedias humanas. A menudo, el culpable es tan víctima del sistema como el propio perjudicado, y Segura se encarga de que el lector sienta esa ambigüedad moral. No hay finales felices de manual, sino resoluciones agridulces que dejan un poso de reflexión sobre la condición humana y la justicia.
Sin embargo, es imposible hablar de "Martín Vega de la B.I.C." sin rendirse ante el magisterio visual de José Ortiz. El artista, uno de los mejores dibujantes que ha dado el medio, utiliza un blanco y negro magistral que define la atmósfera de la serie. Su dominio del claroscuro es absoluto; las sombras no solo ocultan criminales, sino que parecen devorar a los personajes, subrayando su soledad y aislamiento. El nivel de detalle en los escenarios —desde el desorden de una mesa de oficina hasta la textura de una gabardina gastada— otorga a la obra un naturalismo casi documental. Los rostros de Ortiz son mapas de la experiencia: arrugas, ojeras y expresiones de fatiga que cuentan historias por sí solas sin necesidad de globos de texto.
En definitiva, "Martín Vega de la B.I.C." es mucho más que un cómic de policías y ladrones. Es un retrato sociológico, un ejercicio de estilo *hardboiled* trasladado con maestría al entorno español y un testimonio gráfico de una época convulsa. Para el lector contemporáneo, sumergirse en sus páginas es realizar un viaje en el tiempo a una era donde el papel olía a tinta y las historias se escribían con la urgencia de quien sabe que la verdad, en la calle, siempre tiene un precio demasiado alto. Es una lectura obligatoria para cualquier amante del noveno arte que busque profundidad, atmósfera y una narrativa que no teme mirar directamente a los ojos de la realidad más turbia.