Dentro del vasto y a veces injustamente olvidado catálogo del cómic español de finales de los años 70, existe una joya que merece ser reivindicada con letras de oro: Max Audaz. Creada por la inigualable Purita Campos —la artista que definió a toda una generación con *Esther y su mundo*— y con guiones de Francisco Ortega, esta obra supuso una ruptura radical con los estereotipos de la historieta femenina de la época, ofreciendo una narrativa vibrante, moderna y cargada de adrenalina.
La historia nos presenta a Maximiliana, más conocida por todos como Max Audaz. Max no es la típica heroína de romance que espera ser rescatada o cuyo único objetivo es el matrimonio. Al contrario, es una mujer joven, independiente, cosmopolita y extremadamente capaz que trabaja como reportera gráfica de élite. Sin embargo, su cámara de fotos es solo la puerta de entrada a un mundo de peligros que va mucho más allá del periodismo convencional. Max es, en esencia, una aventurera de pura cepa que se mueve con la misma soltura en los salones de la alta sociedad europea que en las selvas más peligrosas o en los bajos fondos de ciudades exóticas.
La sinopsis de sus aventuras nos sitúa en un contexto de intriga internacional y espionaje. Max Audaz es una "solucionadora" de problemas. A menudo se ve envuelta en tramas que involucran robos de joyas de valor incalculable, conspiraciones políticas, rescates imposibles y misterios arqueológicos. Lo que hace que el cómic destaque es la personalidad de su protagonista: Max posee un ingenio afilado, una valentía que raya en la temeridad y una ética profesional inquebrantable. Acompañada frecuentemente por su fiel y algo cínico compañero, el periodista Guy, Max recorre el globo enfrentándose a villanos que parecen sacados de una película de James Bond, pero con un enfoque mucho más fresco y humano.
Visualmente, *Max Audaz* es un festín para los sentidos. Purita Campos, liberada aquí de las restricciones más domésticas de sus otros trabajos, despliega un estilo cinematográfico impresionante. Cada página respira la estética de finales de los 70 y principios de los 80: desde el diseño de vestuario de Max —siempre a la vanguardia de la moda de la época— hasta la arquitectura de las localizaciones internacionales. El dibujo de Campos dota a la acción de un dinamismo asombroso; las persecuciones en coche, las huidas por los tejados y los enfrentamientos cuerpo a cuerpo están narrados con una fluidez que nada tiene que envidiar a los grandes maestros del cómic franco-belga.
Pero más allá de la acción, el cómic es un retrato de la emancipación femenina. Max Audaz es dueña de su destino. No pide permiso para meterse en el ojo del huracán y su inteligencia es siempre su mejor arma. La obra logra equilibrar perfectamente el sentido del humor, el suspense y un toque de sofisticación que la hacía destacar en las páginas de la revista *Lily*, donde comenzó su andadura antes de tener sus propios álbumes.
En resumen, leer *Max Audaz* hoy en día es descubrir un eslabón perdido entre la aventura clásica y la sensibilidad moderna. Es una obra que captura el espíritu de una era de cambio, donde las mujeres empezaban a reclamar su lugar como protagonistas absolutas de las historias de acción. Sin spoilers, podemos decir que cada capítulo es una lección de ritmo narrativo, donde el peligro acecha en cada esquina y donde Max, con su cámara al hombro y su mirada decidida, demuestra que no hay misterio lo suficientemente grande ni villano lo suficientemente astuto para detenerla. Es, sin duda, una lectura obligatoria para cualquier amante del noveno arte que quiera entender la evolución de la heroína en el cómic europeo.