Jim el Valentucho

En el vasto panteón del noveno arte europeo, pocas colaboraciones han sido tan fructíferas y legendarias como la de Jean-Michel Charlier y Jean Giraud. Si bien su nombre siempre estará ligado al icónico Teniente Blueberry, existe una obra que, aunque nacida a la sombra de aquel gigante, logró forjar una identidad propia, más oscura, pantanosa y visceral: Jim el Valentucho (conocido originalmente como *Jim Cutlass*).

Publicada inicialmente a finales de los años 70 y continuada décadas después, esta obra representa una evolución fascinante del género *western*. No estamos ante la clásica epopeya de llanuras infinitas y duelos al sol; aquí, el escenario se traslada a la humedad asfixiante de Luisiana, en un periodo histórico tan convulso como fascinante: la Reconstrucción posterior a la Guerra de Secesión estadounidense.

La historia nos presenta a Jim Cutlass, un antiguo oficial del ejército de la Unión que, tras el fin de la contienda, se encuentra en una posición moral y física sumamente precaria. Lejos de ser el héroe inmaculado de los relatos de caballería, Jim es un hombre marcado por el cinismo, la ironía y una suerte de valentía temeraria que le otorga su apodo. La trama arranca cuando Jim hereda una plantación de algodón en el Sur profundo. Este legado, lejos de ser una bendición, se convierte en un cáliz envenenado que lo obliga a enfrentarse a una sociedad que lo desprecia por partida doble: por ser un "yanqui" vencedor y por sus convicciones progresistas en una tierra que se niega a abandonar el viejo orden esclavista.

Lo que hace que *Jim el Valentucho* destaque sobre otros cómics de la época es su atmósfera. Charlier, un maestro del guion procedimental y de aventuras, se permite aquí una libertad temática inusual. La narrativa se sumerge en las tensiones raciales, la corrupción política y el surgimiento de sociedades secretas como el Ku Klux Klan. Sin embargo, el giro más audaz de la serie es la inclusión de elementos del "Gótico Sureño". A medida que la historia avanza, el realismo sucio del *western* se entrelaza con el misticismo del vudú y lo sobrenatural, creando una sensación de inquietud constante donde el peligro no solo proviene de una bala, sino de las sombras de los pantanos.

Visualmente, la obra es un festín para los amantes del dibujo detallado. Jean Giraud, en su etapa de madurez absoluta, dota al primer álbum de una suciedad y una expresividad que rompen con el canon del cómic de aventuras tradicional. Cuando años más tarde la serie fue retomada con Christian Rossi en los lápices (bajo guiones del propio Giraud tras la muerte de Charlier), la transición fue magistral. Rossi logra capturar la esencia del Mississippi: el sudor, el barro, la vegetación exuberante y la decadencia de las mansiones coloniales, manteniendo la fuerza visual que la obra requería.

Jim Cutlass no es un protagonista que busque la redención, sino la supervivencia en un mundo que ha perdido la brújula moral. Su relación con otros personajes, especialmente con su prima Carolyn —una mujer de armas tomar que desafía los roles de género de la época—, añade una capa de complejidad emocional que eleva el relato por encima de la media.

En definitiva, *Jim el Valentucho* es una lectura esencial para quienes buscan un *western* adulto, político y atmosférico. Es una obra que disecciona las heridas abiertas de una nación dividida, utilizando la aventura como vehículo para explorar la oscuridad del alma humana. Si Blueberry es la épica del horizonte, Cutlass es la crónica del fango; una joya del cómic franco-belga que merece ser reivindicada por su valentía narrativa y su inigualable fuerza estética. Una travesía por el Mississippi donde cada página exhala el aroma del tabaco, el whisky barato y el peligro acechante tras los sauces llorones.

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