Cuando nos acercamos a la figura de Elisabeth de Baviera, la mítica Sissi, es casi imposible no hacerlo a través del filtro edulcorado que el cine de los años 50, con Romy Schneider a la cabeza, grabó en el imaginario colectivo. Sin embargo, el mundo del noveno arte ha reclamado su espacio para ofrecer una visión mucho más profunda, descarnada y psicológicamente compleja de esta emperatriz. En la novela gráfica 'Sissi', la autora Agnès Blum (y otras interpretaciones contemporáneas que han seguido esta estela) nos invita a despojarnos del tul y las flores en el cabello para descubrir a la mujer que habitaba tras el mito.
La obra arranca transportándonos a los paisajes idílicos de Possenhofen, en Baviera. Aquí, Elisabeth es retratada no como una futura monarca, sino como una adolescente indómita, amante de la naturaleza, la poesía y la libertad absoluta. Es una joven que crece lejos de las rigideces de la etiqueta, bajo la mirada cómplice de un padre que comparte su espíritu bohemio. Sin embargo, el destino interviene en forma de un compromiso matrimonial inesperado. Lo que en principio parece un cuento de hadas —el joven y apuesto emperador Francisco José I de Austria se enamora perdidamente de ella en lugar de su hermana mayor— se convierte rápidamente en el prólogo de una tragedia personal.
El núcleo narrativo del cómic se centra en el violento choque cultural y emocional que supone para Sissi su llegada a la corte de Viena. La Hofburg no es un palacio, es una maquinaria de protocolo asfixiante diseñada para anular la individualidad. A través de viñetas cargadas de simbolismo, asistimos a la transformación de la protagonista: de la alegría espontánea a una melancolía crónica que los médicos de la época no alcanzaban a comprender. La relación con su suegra, la archiduquesa Sofía, se presenta como el gran conflicto externo, representando la tradición más rancia frente a la modernidad y el deseo de independencia de Elisabeth.
Uno de los puntos más fascinantes de esta obra es cómo utiliza el lenguaje visual para explorar la psique de la emperatriz. El dibujo no solo ilustra los hechos, sino que traduce sus estados de ánimo. La obsesión de Sissi por su belleza, su estricta disciplina física y sus desórdenes alimenticios no se tratan como meras anécdotas históricas, sino como mecanismos de control en un mundo donde ella no tenía poder sobre nada más que su propio cuerpo. El cómic logra que el lector sienta la claustrofobia de los corsés y la pesadez de las joyas, convirtiendo la estética en una extensión de su prisión emocional.
A medida que la trama avanza, la obra nos muestra a una Sissi errante. El cómic captura magistralmente su necesidad de huida constante, sus viajes por el Mediterráneo y su refugio en la isla de Corfú. Aquí, la narrativa se vuelve más introspectiva, explorando su faceta como intelectual y su fascinación por la cultura griega y la figura de Aquiles. No