En el vasto panteón de la historieta argentina, existen obras que trascienden la mera narración de aventuras para convertirse en ensayos visuales sobre la condición humana. "La Fantasía viaja en Metro" (conocida originalmente en Argentina como *La farsa cotidiana* o simplemente por sus entregas en la mítica revista *Superhumor* a principios de los años 80) es, sin lugar a dudas, una de esas piezas fundamentales. Fruto de la colaboración entre dos titanes del noveno arte, el guionista Carlos Trillo y el maestro del dibujo Alberto Breccia, esta obra se erige como un monumento a la resistencia del espíritu frente a la alienación urbana.
La premisa, en apariencia sencilla, es el vehículo perfecto para la exploración psicológica. El protagonista es un hombre común, un oficinista gris, anónimo y devorado por la rutina de una metrópolis que bien podría ser Buenos Aires o cualquier otra capital donde el cemento asfixia el color. Su vida transcurre entre expedientes, relojes de fichar y el trayecto diario en el subterráneo. Sin embargo, es precisamente en la penumbra de los túneles, bajo el traqueteo rítmico y monótono de los vagones, donde la realidad se fractura.
Para este hombre, el metro no es solo un medio de transporte, sino un umbral. Al cerrar los ojos o simplemente al dejarse llevar por el cansancio, las paredes del vagón se disuelven para dar paso a mundos oníricos, eróticos, aterradores o satíricos. La "fantasía" del título no se refiere a dragones o naves espaciales, sino a la capacidad indomable de la mente para subvertir la opresión cotidiana. A través de breves relatos autoconclusivos, Trillo y Breccia nos invitan a presenciar cómo un simple pasajero puede convertirse en un héroe trágico, un amante apasionado o un testigo de lo grotesco, todo mientras su cuerpo físico permanece sentado en un asiento de plástico gastado.
El guion de Carlos Trillo es de una sutileza magistral. Con pocos diálogos y una economía de palabras envidiable, logra capturar la melancolía, el deseo reprimido y la crítica social de una época marcada por la censura y el miedo. Hay una carga política implícita: en un mundo que intenta uniformar el pensamiento, la imaginación individual es el último refugio de la libertad.
Pero es en el apartado visual donde esta obra alcanza niveles estratosféricos. Alberto Breccia, en una de sus etapas más experimentales y maduras, despliega un arsenal de recursos técnicos que dejan al lector sin aliento. No estamos ante un dibujo convencional; Breccia utiliza el collage, el claroscuro extremo, texturas orgánicas y deformaciones expresionistas para materializar lo intangible. El metro se siente sucio, pesado y real, lo que hace que el contraste con las irrupciones de la fantasía sea aún más impactante. Cada viñeta es una composición artística que podría colgarse en una galería, donde las sombras no solo ocultan, sino que narran.
"La Fantasía viaja en Metro" es una obra introspectiva que exige un lector activo. No busca el entretenimiento fácil, sino la provocación sensorial y emocional. Es un recordatorio de que, incluso en los momentos más oscuros y rutinarios de nuestra existencia, llevamos dentro un universo infinito que ninguna estructura social puede encadenar del todo.
Para cualquier estudioso o entusiasta del cómic, esta obra es una lección de narrativa secuencial. Nos enseña que el espacio entre viñetas es donde realmente ocurre la magia y que el dibujo no debe limitarse a representar la realidad, sino que debe tener el valor de reinventarla. Leerla hoy es redescubrir por qué Trillo y Breccia son nombres sagrados: porque entendieron que la verdadera aventura no está en galaxias lejanas, sino en el viaje interior que todos emprendemos cada vez que nos permitimos soñar despiertos en el trayecto hacia el trabajo. Una pieza imprescindible, oscura y profundamente bella que sobrevive al paso del tiempo con la misma fuerza con la que un tren atraviesa la oscuridad del túnel.