Para entender la magnitud de 7 Rebolling Street, es necesario primero situarse en el contexto histórico del cómic español de finales de los años 80. Como experto en el noveno arte, no puedo hablar de esta obra sin mencionar a su arquitecto: el inigualable Francisco Ibáñez. Esta serie no es solo un cómic de humor; es el testimonio de una época de rebeldía creativa y una de las cumbres del estilo "slapstick" visual aplicado a la estructura de una página de tebeo.
7 Rebolling Street nació en 1986 en las páginas de la revista *Guai!*, de la editorial Grijalbo. En aquel momento, Ibáñez se encontraba en una disputa legal con la editorial Bruguera por los derechos de sus personajes más famosos. Al no poder dibujar a sus creaciones originales, el genio barcelonés decidió reinventarse, tomando la esencia de su mítica obra *13, Rue del Percebe* y elevándola a una nueva potencia de caos y detalle.
La premisa, a simple vista, es sencilla pero brillante: cada página del cómic representa la sección transversal de un edificio de apartamentos. Al igual que un observador voyerista, el lector tiene acceso simultáneo a lo que ocurre en cada piso, en la azotea, en el ascensor y en la tienda de la planta baja. Sin embargo, lo que diferencia a 7 Rebolling Street de su predecesora es el dinamismo y la densidad de sus gags. Mientras que en la Rue del Percebe las situaciones eran a menudo estáticas, en Rebolling Street todo parece estar a punto de explotar.
El edificio está habitado por una fauna de personajes que son arquetipos de la sociedad española de la época, pasados por el filtro del esperpento. Encontramos a la portera cotilla que todo lo sabe (o lo inventa), al tendero de la planta baja que siempre busca la forma de estafar a la clientela con productos imposibles, y al científico loco que, en lugar de grandes avances para la humanidad, solo cosecha desastres domésticos de proporciones épicas. También está el ladrón profesional que nunca logra que un golpe le salga bien, y una serie de inquilinos cuyas vidas son una sucesión de infortunios surrealistas.
Lo que hace de 7 Rebolling Street una obra maestra para cualquier analista del cómic es su horror vacui. Ibáñez, en su etapa de madurez artística, llena cada milímetro cuadrado de la viñeta con información. No solo importa el diálogo principal; en las esquinas de los pisos, en las grietas de las paredes o en el fondo de las habitaciones, ocurren micro-historias mudas protagonizadas por ratones, arañas o pequeños objetos que cobran vida. Es un cómic que exige múltiples lecturas: la primera para seguir el hilo de los personajes principales, y las sucesivas para descubrir los cientos de detalles ocultos que el autor sembró con una paciencia infinita.
Narrativamente, el cómic funciona como una maquinaria de relojería suiza orientada a la carcajada. Cada piso es una unidad narrativa independiente, pero a menudo Ibáñez rompe la "cuarta pared" interna, haciendo que lo que ocurre en el segundo piso afecte físicamente al primero (por ejemplo, mediante una inundación o una explosión). Esto crea una sensación de comunidad caótica y orgánica que pocos autores han logrado replicar con tanto éxito.
En resumen, 7 Rebolling Street es más que una parodia de sí mismo; es la reafirmación de un autor que, desposeído de sus personajes icónicos, demostró que su verdadero talento residía en su capacidad para observar la miseria humana y convertirla en una coreografía de humor físico y visual. Es una obra imprescindible para entender la evolución del tebeo español y una pieza de coleccionista que captura la esencia de un Ibáñez desatado, libre y más detallista que nunca. Leerlo hoy es sumergirse en un edificio donde la lógica no existe, pero donde la diversión está garantizada en cada rellano.