David Rubín se ha consolidado, por derecho propio, como una de las voces más potentes, viscerales y visualmente disruptivas del noveno arte contemporáneo. Tras el éxito arrollador de obras como *El Fuego* o su paso por el mercado estadounidense con *Cosmic Detective* y *Ether*, el autor gallego regresa con 'JAuJA', una obra que no solo confirma su madurez narrativa, sino que redefine los límites del género en el que se inscribe: el *western* crepuscular pasado por un tamiz de psicodelia y brutalidad existencialista.
Publicada por Astiberri, *JAuJA* nos transporta a una frontera americana que se siente tan mítica como aterradora. La trama nos presenta a un protagonista silencioso, una fuerza de la naturaleza cuya presencia llena cada viñeta sin necesidad de grandes discursos. Este hombre, marcado por las cicatrices (tanto físicas como espirituales) de un pasado que se adivina sangriento, emprende un viaje desesperado a través de un territorio hostil. No viaja solo; lo acompaña un niño, y la dinámica entre ambos se convierte en el corazón emocional de un relato que, bajo su superficie de violencia, esconde una profunda reflexión sobre la herencia, la redención y la pérdida de la inocencia.
El título de la obra hace referencia a esa tierra legendaria de abundancia y felicidad, un paraíso terrenal donde no existe el trabajo ni el sufrimiento. Sin embargo, en manos de Rubín, la búsqueda de Jauja se transforma en una ironía cruel. El camino hacia esa tierra prometida está empedrado de barro, sangre y una naturaleza que parece conspirar activamente contra los viajeros. El autor utiliza el mito de la frontera no como un escenario histórico rígido, sino como un lienzo onírico donde los límites entre la realidad y la alucinación se desdibujan.
Visualmente, *JAuJA* es un despliegue de poderío técnico que deja sin aliento. David Rubín es un maestro del ritmo y la composición de página, y aquí lo lleva al extremo. Sus viñetas estallan con una paleta de colores vibrantes, casi radioactivos, que rompen con la estética polvorienta y sepia tradicional del género. Los rojos intensos, los púrpuras profundos y los naranjas de atardeceres imposibles envuelven al lector en una atmósfera asfixiante y magnética. El dibujo de Rubín es sucio cuando debe serlo y majestuoso cuando la escala del paisaje lo requiere, logrando que el entorno sea un personaje más, una entidad viva que observa y juzga a los protagonistas.
La narrativa de *JAuJA* es puramente cinematográfica pero profundamente arraigada en las posibilidades únicas del cómic. Rubín juega con el tiempo, dilata los momentos de tensión hasta que el lector siente la presión en el pecho y acelera la acción en secuencias de una violencia coreografiada con una precisión quirúrgica. No hay concesiones al lector; la obra es cruda y honesta, explorando la capacidad del ser humano para la crueldad pero también para la resistencia más absoluta.
Uno de los aspectos más fascinantes del cómic es cómo aborda el concepto de la búsqueda. ¿Es Jauja un lugar real o es simplemente la última mentira que nos contamos para seguir caminando? A medida que avanzamos en la lectura, la odisea física se convierte en una odisea moral. Los encuentros con otros personajes a lo largo del camino sirven para diseccionar una sociedad en descomposición, donde la ley del más fuerte es la única que impera y donde la esperanza es un lujo que pocos pueden permitirse.
En conclusión, *JAuJA* es mucho más que un *western*. Es una epopeya visual y emocional sobre la búsqueda de un hogar en un mundo que parece haber olvidado el significado de la palabra compasión. David Rubín firma aquí una de sus obras más personales y ambiciosas, un cómic que exige ser leído con calma para apreciar cada detalle de su apabullante apartado gráfico y para dejar que su amarga pero necesaria reflexión cale en el lector. Es, sin duda, una lectura imprescindible para entender el estado actual de la novela gráfica europea y una confirmación de que Rubín sigue siendo un autor en la cima de sus facultades creativas. Una obra salvaje, hermosa y devastadora que se queda grabada en la retina mucho después de haber cerrado sus páginas.