Mortadelo Gigante

Hablar de Mortadelo Gigante es sumergirse de lleno en la época dorada del tebeo español y, más concretamente, en el vasto e inagotable universo creado por el genio Francisco Ibáñez. Para cualquier experto en el noveno arte en España, este título no representa simplemente una aventura aislada de los agentes de la T.I.A., sino que evoca un formato emblemático que marcó a varias generaciones de lectores.

Bajo el sello de la mítica Editorial Bruguera, y posteriormente continuado por Ediciones B, *Mortadelo Gigante* nació como una publicación antológica de gran volumen. Su nombre no era casual: estos ejemplares destacaban por su grosor y por ofrecer una cantidad de páginas muy superior a las revistas semanales convencionales. Era el refugio perfecto para los lectores que buscaban maratones de risas y una inmersión profunda en el humor slapstick y surrealista que solo Ibáñez sabía orquestar.

La sinopsis de lo que un lector encuentra al abrir las páginas de un *Mortadelo Gigante* es una oda al caos organizado. En el centro de todo tenemos a la pareja de detectives más desastrosa de la historia del espionaje: Mortadelo, el rey del disfraz capaz de transformarse en cualquier cosa (desde un elefante hasta un buzón de correos) en cuestión de segundos, y Filemón Pi, su eterno y colérico jefe, que suele llevarse la peor parte de cada situación. Ambos trabajan para la T.I.A. (Técnicos de Investigación Aeroterráquea), una organización que parodia a las agencias de inteligencia cinematográficas como el MI6, pero con una precariedad y una ineficiencia absolutamente hilarantes.

En estas ediciones "Gigantes", el lector se enfrenta a una estructura narrativa rica y variada. No se trata de una única historia lineal de 500 páginas, sino de un compendio magistral que suele incluir aventuras largas (de unas 44 páginas), historietas cortas de apenas una o dos planchas, y secciones de chistes visuales. Las tramas suelen seguir un patrón de "misión imposible": el Súper (el director de la T.I.A.) convoca a los agentes para detener a un villano estrafalario, recuperar un invento robado del Profesor Bacterio o proteger a un dignatario extranjero. Sin embargo, el desarrollo nunca es convencional. El camino hacia el objetivo está pavimentado con caídas, explosiones, malentendidos lingüísticos y una violencia física caricaturesca que, lejos de ser cruel, resulta liberadora y cómica.

Lo que hace que *Mortadelo Gigante* sea una pieza de coleccionista y un objeto de estudio para expertos es su capacidad para aglutinar la evolución del estilo de Ibáñez. En sus páginas se puede observar cómo el dibujo pasó de trazos más rígidos a una elasticidad dinámica y llena de detalles. Es imposible leer estas páginas sin detenerse en los fondos de las viñetas, donde el autor solía esconder gags secundarios: ratones haciendo mudanzas, arañas con bombín o carteles con mensajes absurdos que añaden una capa extra de profundidad al humor principal.

Además, el formato *Gigante* funcionaba a menudo como un escaparate del "Universo Bruguera". Aunque Mortadelo y Filemón eran las estrellas indiscutibles, estos volúmenes solían incluir colaboraciones de otros personajes icónicos de la casa. No era raro encontrar entre sus páginas las travesuras de Zipi y Zape, las desgracias de Anacleto, Agente Secreto, o las peripecias de El Botones Sacarino. Esto convertía a cada ejemplar en una radiografía completa del humor gráfico español de la época, ofreciendo una variedad de estilos y narrativas que mantenían al lector pegado al papel durante horas.

En conclusión, *Mortadelo Gigante* es más que un cómic; es un artefacto cultural. Representa la resistencia del papel y la capacidad del humor para trascender barreras generacionales. Leerlo hoy en día es un ejercicio de nostalgia para unos y un descubrimiento deslumbrante para otros. Es la prueba de que, con un par de disfraces imposibles, una entrada secreta que siempre acaba en desastre y un jefe con dos pelos en la cabeza, se puede construir un imperio de la diversión que no conoce límites de tamaño ni de tiempo. Si buscas la esencia pura de la escuela Bruguera y el ingenio desbordante de Ibáñez en dosis masivas, este es, sin duda, el título definitivo.

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