Hablar de Spirou, y por extensión de su inseparable compañero Spip (la ardilla que da sentido a su nombre), es sumergirse en las raíces mismas del noveno arte europeo. Aunque muchos lo conocen simplemente como el botones pelirrojo del Hotel Moustique, la figura de Spirou representa uno de los pilares fundamentales de la escuela de Marcinelle y de la historieta franco-belga. Para entender este cómic, no basta con verlo como una serie de aventuras; hay que comprenderlo como un ecosistema en constante evolución que ha sobrevivido a décadas de cambios editoriales y creativos.
La premisa inicial, creada por Rob-Vel en 1938 para el lanzamiento de la revista *Le Journal de Spirou*, nos presenta a un joven botones, dinámico y honesto, cuya vida cambia radicalmente cuando adquiere a Spip. El nombre "Spirou" no es casual: en valón significa tanto "ardilla" como "niño travieso", una dualidad que define perfectamente el espíritu de la obra. Lo que comenzó como gags cortos de humor físico pronto se transformó en una epopeya de aventuras que llevaría a nuestro protagonista por todo el globo.
El núcleo narrativo de *Spirou* se asienta sobre un triángulo de personalidades perfectamente equilibrado. Por un lado, tenemos a Spirou, el héroe moral, valiente y a veces un tanto ingenuo, que mantiene su uniforme de botones como un símbolo de su integridad y su disposición al servicio de los demás. A su lado está Fantasio, introducido posteriormente por Jijé, quien aporta el contrapunto impulsivo, colérico y profundamente humano. Fantasio es el motor de muchos de los conflictos debido a su curiosidad periodística y su temperamento volátil.
Sin embargo, es Spip, la ardilla, quien a menudo roba el protagonismo desde las sombras. Lejos de ser una mascota muda o un simple alivio cómico, Spip actúa como la voz de la conciencia cínica del lector. Sus pensamientos, reflejados en pequeñas burbujas de texto, suelen comentar la absurdidad de las situaciones peligrosas en las que se meten sus dueños humanos. Spip es el observador pragmático que prefiere una buena nuez a salvar el mundo, pero cuya lealtad termina siendo siempre el ancla emocional de la serie.
La verdadera explosión creativa del cómic llega con la etapa de André Franquin. Bajo su pluma, el universo de Spirou se expandió de forma exponencial. No solo refinó el dibujo hacia un dinamismo nunca visto, sino que dotó a las historias de una profundidad técnica y fantástica inigualable. Es en esta época donde aparecen elementos icónicos como el Conde de Champignac, un aristócrata científico cuyos inventos a base de hongos oscilan entre lo milagroso y lo catastrófico, y el Marsupilami, una criatura mítica de la selva de Palombia que se convirtió en un fenómeno cultural por derecho propio.
Las tramas de *Spirou* suelen mezclar la aventura exótica con la ciencia ficción retrofuturista y la sátira política sutil. Los protagonistas pueden estar un día investigando un misterio en un pequeño pueblo belga y, al siguiente, enfrentándose a dictadores en repúblicas bananeras o deteniendo los planes de dominación mundial de Zorglub, un villano cuya complejidad emocional y tecnológica lo aleja de los clichés del "científico loco" tradicional.
Lo que hace que *Spirou* sea una lectura esencial para cualquier amante de los cómics es su capacidad de reinvención. A diferencia de otros personajes estáticos, Spirou ha pasado por las manos de diversos autores (Jijé, Franquin, Fournier, Tome y Janry, entre otros), y cada uno ha aportado su propia visión sin traicionar la esencia del personaje. El cómic logra mantener un equilibrio casi imposible entre el humor slapstick para los más jóvenes y una narrativa sofisticada, llena de detalles arquitectónicos y mecánicos, que fascina a los adultos.
En resumen, la saga de Spirou y su ardilla es un viaje por la historia del siglo XX a través de los ojos de un héroe que nunca pierde