En el vasto y a menudo turbulento panorama del cómic español de finales de los años 70 y principios de los 80, surge una figura que encarna a la perfección la transición entre el *underground* más descarnado y la elegancia de la "línea clara" europea. Nos referimos a Pepe Cola, la creación más emblemática de Mique Beltrán, cuyas andanzas entre los números 01 y 11 representan un hito fundamental para entender la evolución de la narrativa gráfica en España.
Esta recopilación de las primeras once entregas no es solo un compendio de historietas; es un viaje sensorial a una época de apertura, experimentación y, sobre todo, de un amor profundo por los géneros clásicos pasados por el tamiz de la modernidad valenciana. Pepe Cola no es el héroe canónico que uno esperaría encontrar en las páginas de un *pulp* estadounidense, aunque beba directamente de esas fuentes. Es un detective, un aventurero de lo cotidiano y un superviviente urbano que se mueve con la misma soltura por los callejones húmedos de una ciudad portuaria que por los salones de la alta sociedad decadente.
Desde el primer número, Mique Beltrán establece un tono único. La atmósfera es densa, cargada de humo de cigarrillos baratos y jazz de fondo, pero visualmente se nos presenta con una limpieza de trazo que recuerda a Hergé o a los maestros de la escuela belga, aunque con una "suciedad" temática puramente mediterránea. Esta dicotomía es la que hace que Pepe Cola sea fascinante: el dibujo es luminoso, preciso y geométrico, pero las historias que narra están teñidas de cinismo, picaresca y una melancolía muy particular.
A lo largo de estos once números, el lector asiste a la consolidación de un universo propio. Pepe Cola se ve envuelto en casos que, si bien parten de premisas detectivescas tradicionales —desapariciones, robos de joyas, chantajes—, terminan derivando en situaciones surrealistas o en agudas críticas sociales. El protagonista funciona como un espejo de la sociedad española de la Transición: alguien que intenta mantener la dignidad y un cierto código ético en un mundo que está cambiando demasiado rápido y donde las reglas del juego ya no están claras.
Uno de los aspectos más destacables de este bloque de episodios es la evolución técnica de Beltrán. En los números iniciales, vemos una experimentación con el sombreado y la composición de página que busca romper con el estatismo del cómic infantil de la época. A medida que avanzamos hacia el número 11, el autor domina el ritmo narrativo con una maestría envidiable, utilizando los silencios y las miradas de Pepe para contar mucho más que los propios diálogos. La arquitectura de las viñetas se vuelve más compleja, integrando el entorno urbano no solo como un fondo, sino como un personaje más que asfixia o libera al protagonista según convenga.
Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia de lectura, podemos decir que el arco que abarcan estos once números muestra a un Pepe Cola en constante aprendizaje. No es un personaje estático; sus derrotas le pesan y sus pequeñas victorias nunca son completas. Existe una humanidad latente en su figura, a menudo acompañada por secundarios pintorescos que aportan el contrapunto cómico o trágico necesario para equilibrar la balanza del relato.
Para el coleccionista y el estudioso del noveno arte, 'Pepe Cola 01-11' es una pieza de arqueología cultural imprescindible. Representa el espíritu de revistas míticas como *El Víbora* o *Cairo*, donde el talento nacional reclamaba su lugar con historias que no tenían nada que envidiar a la producción francesa o italiana. Es la reivindicación del género negro desde una óptica castiza pero cosmopolita, una obra donde el estilo no es solo estética, sino una forma de entender el mundo. Sumergirse en estas páginas es redescubrir por qué Mique Beltrán es considerado uno de los pilares de la "Nueva Escuela Valenciana" y por qué Pepe Cola, con su gabardina y su mirada escéptica, sigue siendo un icono irrepetible del cómic de autor.