Mortadelo

Hablar de Mortadelo y Filemón no es solo hablar de un cómic; es sumergirse en la piedra angular de la historieta española y en el legado imperecedero de su creador, el genio Francisco Ibáñez. Desde su primera aparición en 1958 en las páginas de la revista *Pulgarcito*, esta pareja de detectives —convertidos más tarde en agentes secretos— ha trascendido generaciones, convirtiéndose en un fenómeno cultural que combina el humor absurdo, la sátira social y un dominio magistral de la narrativa visual.

La premisa nos introduce a dos agentes de la T.I.A. (Técnicos de Investigación Aeroterráquea), una organización de espionaje que parodia abiertamente a agencias internacionales como la CIA o el MI6. Sin embargo, lejos de la sofisticación de James Bond, Mortadelo y Filemón son la encarnación del caos y la incompetencia bienintencionada.

Filemón Pi, el líder del dúo (aunque el término "líder" sea generoso), es un hombre colérico, con apenas dos pelos en la cabeza y una pajarita que parece resistir los mil y un desastres que sufre a diario. Es el "cerebro" que intenta, sin éxito, mantener el orden y cumplir las misiones que se les encomiendan. A su lado encontramos a Mortadelo, el personaje más icónico de la obra. Alto, calvo y con unas gafas de montura negra que descansan sobre una nariz prominente, Mortadelo posee una habilidad sobrehumana: el disfraz instantáneo. En cuestión de milisegundos, puede transformarse en cualquier cosa, desde un elefante o un buzón de correos hasta un personaje histórico, a menudo con resultados tan hilarantes como inoportunos.

El universo de Mortadelo se completa con una galería de personajes secundarios que son fundamentales para el engranaje de la comedia. El Súper (Vicente), el superintendente de la T.I.A., es el jefe autoritario y sufridor que asigna las misiones más peligrosas (y absurdas) a nuestros protagonistas, terminando casi siempre como víctima colateral de sus torpezas. El Profesor Bacterio, el científico loco de la agencia, aporta el elemento de ciencia ficción fallida; sus inventos, diseñados teóricamente para ayudar a los agentes, siempre acaban provocando desastres monumentales debido a efectos secundarios imprevistos. Finalmente, la secretaria Ofelia, con su personalidad arrolladora y su eterna búsqueda de afecto, completa este microcosmos de disfuncionalidad laboral.

Lo que eleva a Mortadelo a la categoría de obra maestra es el estilo narrativo de Ibáñez. El autor perfeccionó el *slapstick* (humor físico) de una manera que pocos han logrado en el papel. Cada viñeta es una explosión de detalles. Es común encontrar chistes visuales ocultos en los fondos: ratones haciendo mudanzas, berenjenas con patas, o carteles con mensajes surrealistas que recompensan al lector atento. La acción es frenética; los personajes sufren golpes, explosiones y caídas que desafían las leyes de la física, solo para recuperarse en la siguiente viñeta con un simple vendaje, manteniendo un ritmo cómico que no da tregua.

A lo largo de sus décadas de historia, el cómic ha evolucionado desde las historias cortas de detectives privados —influenciadas por Sherlock Holmes— hacia álbumes largos de 44 páginas que suelen girar en torno a eventos de actualidad, como Juegos Olímpicos, Mundiales de Fútbol o temas políticos de relevancia. Esta capacidad de adaptación ha permitido que la obra se mantenga fresca, funcionando como una crónica satírica de la sociedad contemporánea, donde la burocracia, la corrupción y la ineficacia estamental son el blanco constante de las burlas.

En resumen, leer Mortadelo es entrar en un mundo donde el fracaso es la norma y la risa es la única salida. Es una oda al antihéroe, a los desheredados de la fortuna que, a pesar de recibir los golpes más inverosímiles, siempre vuelven para intentarlo una vez más. Para cualquier amante del noveno arte, esta obra es una lección de diseño de personajes, ritmo narrativo y, sobre todo, de cómo el humor puede convertirse en un lenguaje universal capaz de unir a abuelos, padres e hijos. Sin spoilers, solo se puede decir una cosa: prepárense para las persecuciones finales, porque en la T.I.A., nada sale según lo previsto, pero todo termina en una carcajada épica.

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