Dentro del vasto firmamento del cómic francobelga, hay figuras que representan la aventura, como Tintín, o la astucia, como Asterix. Sin embargo, existe un personaje que encarna algo mucho más humano, caótico y profundamente divertido: Tomás Elgafe (conocido originalmente como *Gaston Lagaffe*). Creado en 1957 por el genio de la ilustración André Franquin, Tomás no nació para ser un héroe, sino para ser el primer «héroe sin empleo» que, paradójicamente, termina trabajando (o algo parecido) en las oficinas de la propia revista donde se publicaban sus historias.
Esta obra no es solo una sucesión de chistes visuales; es una oda al surrealismo cotidiano y una crítica mordaz, aunque amable, a la burocracia y la rigidez del mundo laboral. La premisa es tan sencilla como brillante: Tomás es un joven de aspecto desgarbado, vestido siempre con un jersey verde demasiado corto, vaqueros desgastados y alpargatas azules, que llega a la redacción de la editorial Dupuis para realizar tareas administrativas. El problema es que Tomás posee una capacidad sobrenatural para el desastre involuntario y una creatividad desbordante que choca frontalmente con la productividad que se espera de él.
El escenario principal es la oficina, un ecosistema que Franquin transforma en un campo de batalla de inventos disparatados y situaciones absurdas. Tomás no es perezoso en el sentido estricto; de hecho, es extremadamente activo, pero sus energías se canalizan en actividades que nada tienen que ver con archivar correos. Desde cultivar un huerto en los cajones de su escritorio hasta fabricar el "Gaffófono" (un instrumento musical de cuerda de dimensiones colosales cuyo sonido es capaz de derribar techos y provocar terremotos), Tomás es un inventor visionario atrapado en el cuerpo de un oficinista inepto.
El reparto que lo rodea es fundamental para el éxito de la serie. Por un lado, tenemos a sus sufridos superiores: primero Fantasio (procedente de la serie *Spirou y Fantasio*) y más tarde el irascible Prunelle, cuya famosa exclamación «¡ROGNTUDJÛ!» se convirtió en un icono del cómic. El conflicto central suele girar en torno a los intentos desesperados de estos jefes por hacer que la oficina funcione, mientras Tomás introduce elementos disruptivos como su gato hiperactivo, una gaviota de humor sombrío o sus constantes experimentos culinarios de dudoso gusto.
Uno de los hilos conductores más memorables es la presencia recurrente del Sr. De Mesmaeker, un importante hombre de negocios que acude a la oficina para firmar contratos cruciales. A lo largo de décadas, el lector asiste a una coreografía infinita de fracasos: justo cuando la pluma está a punto de tocar el papel, un invento de Tomás, un animal suelto o un malentendido catastrófico arruina la firma, dejando a De Mesmaeker en un estado de furia apoplética.
Pero bajo la superficie de las bofetadas y las explosiones, *Tomás Elgafe* es una obra profundamente humanista y adelantada a su tiempo. A través de su protagonista, Franquin expresó sus propias preocupaciones sobre la ecología, el pacifismo y el rechazo al consumismo desenfrenado. Tomás ama a los animales, odia la guerra y las armas, y prefiere la siesta o la contemplación de una flor antes que el éxito económico. Es un anarquista involuntario que desarma al sistema simplemente siendo él mismo.
Visualmente, el cómic es una obra maestra de la "Escuela de Marcinelle". El dibujo de Franquin evolucionó desde una línea clara tradicional hacia un estilo increíblemente dinámico, lleno de movimiento, detalles minuciosos y una expresividad en los rostros que pocos artistas han logrado igualar. Sus onomatopeyas no son meros sonidos; son elementos arquitectónicos que llenan la página y transmiten la magnitud del desastre.
En resumen, leer *Tomás Elgafe* es sumergirse en un universo donde el error es una forma de arte. Es una lectura esencial para cualquier amante del noveno arte que desee comprender cómo el humor puede ser, al mismo tiempo, ligero como una pluma y tan sólido como una crítica social. Tomás nos enseña que, en un mundo obsesionado con la eficiencia, a veces el acto más revolucionario que podemos hacer es meter la pata con estilo.