Las nuevas aventuras de Esther

El reencuentro con un icono: La madurez de Esther Lucas

Hablar de Esther Lucas es hablar de una de las figuras más trascendentales de la narrativa gráfica española y europea. Creada originalmente en los años setenta por el guionista Philip Douglas y la inigualable dibujante Purita Campos, Esther no solo fue un éxito de ventas masivo, sino que se convirtió en el espejo donde se miraron varias generaciones de lectoras. Tras un largo silencio editorial que duró décadas, el personaje regresó con una propuesta valiente y necesaria titulada *Las nuevas aventuras de Esther*. En esta obra, el equipo creativo —encabezado de nuevo por una Purita Campos en plenitud artística y con los guiones de Carlos Portela— decide romper el cristal de la nostalgia para mostrarnos qué ha sido de aquella adolescente pecosa y soñadora.

La sinopsis de esta etapa nos sitúa muchos años después de las peripecias originales. Ya no estamos en el Londres psicodélico y vibrante de los setenta, sino en una realidad mucho más contemporánea y tangible. Esther Lucas ha dejado atrás la adolescencia para convertirse en una mujer que ronda los cuarenta años. Vive en Londres, trabaja como enfermera y se enfrenta a los desafíos cotidianos de la vida adulta. Sin embargo, el motor central de su existencia ahora es su hija, Patty, una adolescente que guarda un parecido asombroso con la Esther que todos conocimos, pero que posee la rebeldía y las inquietudes propias del siglo XXI.

El punto de partida de *Las nuevas aventuras de Esther* es el reencuentro. Esther se encuentra en un momento de transición: está separada y trata de encontrar su lugar en un mundo que parece moverse más rápido de lo que ella recordaba. A través de una narrativa elegante y profundamente emocional, la obra nos invita a ser testigos de cómo los personajes que marcaron nuestra infancia han envejecido. No se trata de un ejercicio de nostalgia vacía, sino de un estudio de personajes sobre el paso del tiempo, las oportunidades perdidas y la posibilidad de las segundas oportunidades.

Uno de los grandes atractivos de este cómic es volver a ver a los secundarios de lujo. ¿Qué fue de Rita, la inseparable y a veces complicada mejor amiga? ¿Cómo le ha tratado la vida a Carol? Y, por supuesto, la pregunta que todo lector se hace al abrir estas páginas: ¿Dónde está Juanito? El eterno amor de Esther, aquel chico rubio que jugaba al fútbol y que protagonizó mil y un suspiros, vuelve a aparecer en su vida, pero no de la forma idealizada que dictarían los cánones del romance juvenil. El reencuentro entre ambos está cargado de una tensión agridulce, propia de dos personas que comparten un pasado inmenso pero que apenas se reconocen en el presente.

El guion de Carlos Portela es magistral al capturar la voz de una mujer moderna. Logra que Esther siga siendo ella misma —conservando su inseguridad característica, su buen corazón y su tendencia a meterse en líos— pero con la profundidad que otorgan las cicatrices de la experiencia. Por su parte, el dibujo de Purita Campos es, sencillamente, una delicia. Su estilo evolucionó hacia un trazo más refinado y detallista, capaz de transmitir una expresividad asombrosa en los rostros, capturando cada matiz de melancolía, alegría o sorpresa.

*Las nuevas aventuras de Esther* no es solo un cómic para quienes leyeron las revistas *Lily* o *Esther* en su juventud; es una obra universal sobre la madurez. Trata temas como la maternidad, la conciliación laboral, el cuidado de los mayores y la búsqueda de la felicidad personal cuando parece que el tren ya ha pasado. Es un viaje emocional que cierra heridas del pasado mientras abre nuevos horizontes, recordándonos que, aunque las pecas se disimulen con el tiempo, la esencia de lo que somos permanece intacta. Una lectura imprescindible para comprender la evolución del noveno arte en España y para reencontrarse con una vieja amiga que, a pesar de los años, sigue teniendo mucho que decirnos.

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