Hablar de TBO no es simplemente referirse a una revista de historietas; es invocar el ADN de la cultura popular española del siglo XX. Fundada en Barcelona en 1917, esta publicación no solo entretuvo a varias generaciones, sino que logró una hazaña lingüística que pocos medios alcanzan: su nombre se convirtió en un sustantivo genérico. Hoy, gracias a esta cabecera, llamamos «tebeo» a cualquier cómic en España. Pero, ¿qué es lo que hacía a *TBO* tan especial y por qué su legado sigue vivo?
Como experto en el noveno arte, describir *TBO* requiere entenderlo como un mosaico de la vida cotidiana, una ventana amable y satírica a la sociedad. A diferencia de otras publicaciones de la época que apostaban por la aventura o el humor más agresivo y negro (como la escuela Bruguera), *TBO* se mantuvo fiel a un estilo de "humor blanco", costumbrista y profundamente ingenioso. Su lectura no buscaba la carcajada explosiva, sino la sonrisa cómplice y el reconocimiento de las pequeñas miserias y alegrías del ciudadano de a pie.
El corazón de la revista latía a través de sus secciones fijas y sus personajes emblemáticos. El pilar fundamental, sin duda, era La Familia Ulises. Creada por el guionista Joaquín Buigas y el dibujante Marino Benejam, esta serie es el retrato definitivo de la clase media española de la posguerra. Acompañar a Don Ulises Higueruelo, su esposa Doña Sinforosa, sus hijos, la abuela y el perro Turco en sus intentos por veranear, ir al campo o simplemente mantener las apariencias, es asistir a una comedia de enredo perfectamente orquestada. A través de ellos, *TBO* narraba las aspiraciones y frustraciones de una sociedad que intentaba modernizarse con más voluntad que recursos.
Otro elemento icónico que trascendió el papel fueron Los Grandes Inventos del TBO. Bajo la autoría intelectual del profesor Franz de Copenhague, esta sección presentaba máquinas estrambóticas y absurdamente complejas diseñadas para resolver problemas triviales. Desde un sistema para no perder el sombrero hasta mecanismos para pelar patatas mediante poleas y animales, estos inventos representaban la cúspide del ingenio surrealista. La precisión del dibujo técnico, mezclada con la inutilidad práctica del invento, creaba un contraste fascinante que alimentó la imaginación de miles de futuros ingenieros y artistas.
Desde el punto de vista artístico, *TBO* fue una cantera de maestros. Es imposible no mencionar a Josep Coll, quizás uno de los narradores visuales más dotados de la historia del cómic europeo. Sus páginas, a menudo sin palabras, son lecciones magistrales de ritmo, movimiento y síntesis. Coll no necesitaba diálogos para explicar la frustración de un hombre intentando cruzar una calle o la ironía de un encuentro fortuito; su línea clara y su dominio del espacio hablaban por sí solos. Junto a él, artistas como Opisso, con sus multitudes detalladas, o Sabatés, aportaron una riqueza visual que convirtió a la revista en un referente estético.
La sinopsis de *TBO* es, en esencia, la crónica de un siglo. A través de sus páginas, el lector viaja desde la Barcelona modernista de principios de siglo, atraviesa las dificultades de la autarquía y llega hasta el desarrollismo de los años 70 y 80. La revista supo adaptarse a los tiempos sin perder su esencia: un dibujo limpio, una narrativa clara y una mirada humanista sobre sus personajes. No había villanos en *TBO*, solo personas intentando lidiar con la gravedad, la burocracia o el vecino ruidoso.
En conclusión, *TBO* es una obra coral que celebra la cotidianidad. Es un refugio de ingenio donde la realidad se deforma lo justo para hacernos reír de nosotros mismos. Para el coleccionista, es un tesoro histórico; para el lector casual, es una delicia visual; y para la historia del