Vidorama

En el vasto y a menudo saturado panorama de la novela gráfica contemporánea, existen obras que no solo buscan narrar una historia, sino capturar la esencia de una época y la formación de una identidad. "Vidorama", la ambiciosa y profundamente personal obra de Juanjo Sáez, es precisamente eso: un artefacto cultural que funciona como espejo, ventana y álbum de recortes de una generación que creció con la mirada fija en el resplandor catódico de la televisión.

Como experto en el noveno arte, es fascinante observar cómo Sáez utiliza su estilo minimalista y aparentemente ingenuo para desentrañar las complejidades de la memoria. *Vidorama* no es simplemente un ejercicio de nostalgia barata o un inventario de referentes pop de los años 80 y 90; es una disección sociológica y emocional de cómo los medios de comunicación moldean nuestra percepción de la realidad, de la familia y de nosotros mismos.

La premisa de la obra nos sitúa en el centro de la infancia y adolescencia del autor, pero lo hace a través de un filtro muy específico: la pantalla. Para el protagonista, y por extensión para muchos de sus lectores, la televisión no era solo un electrodoméstico, sino un miembro más de la familia, un tutor silencioso y, a menudo, el único puente hacia un mundo exterior que parecía mucho más vibrante y emocionante que la cotidianidad de un barrio periférico.

A lo largo de sus páginas, Sáez nos guía por un laberinto de recuerdos donde las series de dibujos animados, los anuncios publicitarios, las películas de serie B y los programas de variedades se entrelazan con sus vivencias personales. Sin embargo, el autor evita caer en el "fan service" fácil. No se limita a enumerar hitos televisivos; analiza qué significaba ver *Mazinger Z* un sábado por la mañana o cómo la estética de los videoclips de la MTV alteró su comprensión del arte y la rebeldía.

Uno de los puntos más fuertes de *Vidorama* es su capacidad para explorar la soledad y la búsqueda de pertenencia. La televisión aparece aquí como un refugio, un lugar donde el niño que no encaja o que se siente abrumado por las dinámicas familiares puede encontrar modelos a seguir, aunque estos sean de ficción. Sáez reflexiona sobre la paradoja de una generación que estaba "conectada" al mundo a través de la antena, pero que a menudo se encontraba aislada en sus propios hogares.

Visualmente, el cómic es un testimonio del estilo inconfundible de Juanjo Sáez. Sus trazos, que algunos podrían calificar erróneamente de "descuidados" o "infantiles", son en realidad una herramienta de una honestidad brutal. Al despojar a los personajes de detalles superfluos y centrarse en la expresividad de sus "monigotes", Sáez logra una conexión emocional directa con el lector. No hay artificios que nos distraigan; solo la pureza del pensamiento y la crudeza del sentimiento. El uso del espacio en blanco y la integración del texto como parte fundamental de la composición gráfica refuerzan esa sensación de estar leyendo un diario íntimo, un flujo de conciencia que fluye sin filtros.

La obra también aborda la transición hacia la madurez y la pérdida de la inocencia. A medida que el autor crece, la relación con la pantalla cambia. Lo que antes era asombro se convierte en cinismo, en análisis crítico o en una melancolía inevitable al darse cuenta de que la vida real no sigue los guiones de Hollywood. Este tránsito está narrado con un humor agridulce que es marca de la casa, logrando que el lector pase de la sonrisa cómplice a la reflexión profunda en apenas un par de viñetas.

*Vidorama* es, en última instancia, un homenaje al poder de la imagen y una advertencia sobre su influencia. Es una obra imprescindible para entender el cómic español de las últimas décadas, situándose en esa frontera difusa entre la autobiografía, el ensayo cultural y la ficción existencialista. Juanjo Sáez consigue algo muy difícil: que su historia personal se convierta en una historia universal. Aunque no hayas crecido en el mismo barrio ni hayas visto los mismos programas, la sensación de buscar tu lugar en el mundo a través de los fragmentos de cultura que consumes es algo que resuena en cualquier lector.

Para cualquier amante del cómic que busque una lectura que vaya más allá del entretenimiento superficial y que se atreva a cuestionar los cimientos de nuestra identidad moderna, *Vidorama* es una cita obligatoria. Es un viaje de regreso a esa sala de estar en penumbra, frente al televisor, donde todos, de alguna manera, empezamos a convertirnos en quienes somos hoy. Una obra valiente, lúcida y, por encima de todo, profundamente humana.

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