Goomer

Goomer: El antihéroe castizo en la frontera final

En el vasto panteón del cómic español, pocos personajes han logrado capturar con tanta agudeza la idiosincrasia del "pícaro" ibérico y trasladarla con éxito a los confines del universo como lo hizo *Goomer*. Creado por el guionista Nacho Moreno y el dibujante Ricardo Martínez (conocidos artísticamente como Ricardo y Nacho), este cómic no es solo una obra de ciencia ficción; es una sátira social mordaz, un ejercicio de diseño visual prodigioso y, por encima de todo, una de las tiras cómicas más influyentes de la prensa española desde finales de los años 80.

La premisa de *Goomer* es tan sencilla como brillante: un astronauta terrestre, un hombre común y corriente (quizás demasiado corriente), termina naufragando en un planeta lejano habitado por una civilización alienígena avanzada pero extrañamente familiar. Sin embargo, Goomer no es el héroe intrépido que esperaríamos encontrar en las páginas de *Flash Gordon* o en una odisea de Isaac Asimov. Goomer es un tipo bajito, calvo, algo barrigón, perezoso, oportunista y con una moralidad elástica que siempre busca el camino del menor esfuerzo. Es, en esencia, el antihéroe definitivo.

Al llegar a este nuevo mundo, Goomer no intenta conquistar el planeta ni salvar a su especie. Su principal preocupación es cómo sobrevivir sin trabajar, cómo integrarse en una sociedad que no termina de comprenderlo y, sobre todo, cómo sacar provecho de su condición de "alienígena" para ligar o comer gratis. Esta inversión de roles es el motor humorístico de la serie: aquí, el humano es el bicho raro, el espécimen exótico que es observado con una mezcla de curiosidad, lástima y desprecio por los habitantes locales.

Uno de los pilares fundamentales del cómic es su capacidad para espejar los defectos de la sociedad contemporánea a través de la lente de lo alienígena. El planeta donde reside Goomer, aunque poblado por criaturas con múltiples ojos, antenas y anatomías imposibles, sufre de los mismos males que la Tierra: burocracia asfixiante, problemas de pareja, consumismo desenfrenado y una vacuidad existencial que Ricardo y Nacho diseccionan con precisión quirúrgica.

La relación de Goomer con los nativos es el corazón de la narrativa. Destaca especialmente su relación con Elmira, una alienígena de aspecto peculiar (según nuestros cánones) que se convierte en su eterna novia. A través de ellos, el cómic explora la guerra de sexos y las dinámicas de pareja con un cinismo encantador. Elmira es posesiva, dominante y, a menudo, la única voz de la razón, mientras que Goomer intenta navegar por el compromiso con la misma torpeza con la que pilotaba su nave.

Visualmente, *Goomer* es una obra maestra. Ricardo Martínez es, sin duda, uno de los mejores ilustradores que ha dado el cómic europeo. Su dibujo combina una línea elegante y detallada con una capacidad asombrosa para el diseño de personajes. Cada alienígena es una joya de la imaginación, y los fondos están repletos de detalles que recompensan las lecturas minuciosas. El uso de las sombras y el sombreado mediante tramas manuales le otorga una profundidad casi tridimensional que contrasta con el tono humorístico de las historias, elevando el cómic a una categoría artística superior.

A lo largo de su trayectoria, que comenzó en 1988 en el suplemento *El Pequeño País* para luego saltar a las páginas de *El Mundo* y finalmente a la revista *El Jueves*, Goomer evolucionó de ser una simple tira de humor blanco a convertirse en una crónica social más ácida y adulta. A pesar de estar rodeado de tecnología futurista y criaturas de otros mundos, el lector no puede evitar verse reflejado en las miserias de Goomer. Sus intentos fallidos por aparentar lo que no es, su miedo al compromiso y su eterna búsqueda del "pelotazo" económico son rasgos que resuenan profundamente en la cultura popular.

En resumen, *Goomer* es una lectura esencial para entender el cómic de prensa en español. Es una obra que demuestra que la ciencia ficción no necesita de grandes batallas espaciales para ser fascinante; a veces, basta con poner a un hombre mediocre frente a un espejo galáctico para descubrir las verdades más crudas (y divertidas) de la naturaleza humana. Sin spoilers, basta decir que acompañar a Goomer en su exilio interplanetario es embarcarse en un viaje donde el destino no es el espacio profundo, sino la carcajada cómplice ante nuestra propia estupidez. Una joya del noveno arte que sigue tan vigente hoy como el día

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