En el vasto y a menudo inexplorado panorama del noveno arte en España, existen joyas regionales que no solo cumplen una función lúdica, sino que actúan como guardianes de la identidad y la historia de un pueblo. Dentro de este nicho, la serie "Aitor y los vascones", creada por el talentoso autor Aitor Erausquin, se erige como un pilar fundamental del cómic vasco (euskal komikia). Hoy nos adentramos en uno de sus volúmenes más fascinantes y sugerentes: "Galileo".
Para entender "Galileo", primero debemos situarnos en el universo que Erausquin ha construido con minuciosidad de orfebre. La serie sigue las andanzas de Aitor, un joven guerrero vascón que personifica los valores de resistencia, nobleza y curiosidad de su estirpe. A diferencia de otros héroes del género de "espada y sandalia" o de aventuras históricas, Aitor no es solo un hombre de acción; es un observador, un nexo entre la tradición ancestral de los montes y el mundo exterior que intenta, constantemente, asimilar o destruir la cultura de su pueblo.
En la entrega titulada "Galileo", el autor nos propone un giro narrativo que eleva la serie más allá de la simple escaramuza fronteriza. La trama se sitúa en un momento de tensa calma, donde la vida cotidiana de la tribu se ve alterada por un hallazgo que desafía la comprensión de los ancianos y los chamanes. El título, una clara referencia al astrónomo que desafió las verdades establecidas siglos después, funciona aquí como una poderosa metáfora sobre la visión, el conocimiento y el riesgo que conlleva mirar donde nadie más se atreve a mirar.
La sinopsis nos sitúa en el corazón de los Pirineos. Aitor, durante una de sus incursiones de vigilancia, se topa con un misterio que no puede resolverse con el filo de una falcata. La llegada de un personaje enigmático —cuyo conocimiento parece estar adelantado a su tiempo o proceder de tierras tan lejanas que rozan lo fantástico— pone en jaque la estructura social de los vascones. Este "Galileo" particular no es necesariamente el científico italiano, sino una representación del pensamiento crítico y la observación empírica que choca frontalmente con el dogmatismo y el miedo a lo desconocido.
A medida que la historia avanza, Aitor se ve envuelto en una red de intrigas políticas y religiosas. Por un lado, están aquellos que ven en las nuevas ideas una amenaza para el equilibrio con los dioses y la naturaleza; por otro, los que desean utilizar ese conocimiento como un arma de poder. El joven protagonista deberá decidir si protege el *statu quo* de su comunidad o si abraza la peligrosa luz de la verdad que este extraño visitante ha traído consigo.
Desde el punto de vista técnico, "Aitor y los vascones – Galileo" es una lección magistral de la "línea clara" (estilo hergeano). Erausquin utiliza un trazo limpio, seguro y detallado que recuerda a los grandes maestros franco-belgas como Jacques Martin (*Alix*) o el propio Hergé. Los paisajes de la Vasconia antigua están recreados con una fidelidad asombrosa: desde la frondosidad de los bosques de hayas hasta la arquitectura de los castros, cada viñeta respira autenticidad. El uso del color es sobrio pero efectivo, logrando transmitir la atmósfera húmeda y telúrica del norte peninsular.
Lo que hace que "Galileo" destaque dentro de la colección es su profundidad temática. No es solo un cómic de aventuras; es una reflexión sobre el progreso. ¿Está preparada una sociedad tradicional para aceptar verdades que desmoronan su visión del cosmos? ¿Es el conocimiento un regalo o una maldición para un pueblo que lucha por sobrevivir? Aitor actúa como el lector: es el puente que intenta reconciliar el respeto por sus raíces con la inevitable evolución del pensamiento humano.
Sin caer en el *spoiler*, podemos decir que el clímax de la obra nos regala algunas de las secuencias más introspectivas de la saga. La tensión no se resuelve únicamente con un enfrentamiento físico, sino con una resolución intelectual que deja un poso de melancolía y esperanza a partes iguales. Es una obra que invita a la relectura, pues bajo su apariencia de aventura juvenil se esconden capas de sociología e historia que solo un autor profundamente enamorado de su tierra podría plasmar.