Superlópez: El reflejo de acero (y de oficina) de la sociedad española
En el vasto panteón de los superhéroes, existen figuras que representan ideales inalcanzables, dioses entre hombres que vigilan el mundo desde atalayas de cristal. Sin embargo, en el panorama del cómic español, surgió una figura que, aunque capaz de volar y doblar acero con las manos, prefiere un buen café con leche y sufre por llegar a fin de mes. Hablamos de Superlópez, la creación cumbre de Juan López Fernández, mejor conocido como Jan.
Superlópez nació en 1973 como una parodia evidente de Superman, pero pronto evolucionó hasta convertirse en algo mucho más profundo, complejo y, sobre todo, profundamente arraigado en la idiosincrasia española. La historia comienza en el lejano planeta Chitón, donde el bebé Jo-Con-Él es enviado a la Tierra en una nave espacial. Tras aterrizar en España, es adoptado por una pareja de Lérida, creciendo bajo la identidad de Juan López.
A diferencia de su contraparte estadounidense, Juan López no es un periodista de éxito en un gran rotativo, sino un oficinista gris, un "currito" que trabaja en una empresa de publicidad o contabilidad (dependiendo de la etapa) en una ciudad que evoca constantemente a Barcelona. Su vida es un equilibrio precario entre sus responsabilidades laborales, su temperamental novia Luisa Lanas, su competitivo compañero Jaime González y su deber moral de salvar el mundo, aunque a menudo el mundo no parezca querer ser salvado o, peor aún, no se lo agradezca.
Lo que hace de Superlópez una obra maestra del noveno arte no es solo su premisa humorística, sino su evolución narrativa. Tras unos inicios de tiras cómicas mudas y gags breves, Jan, apoyado en sus inicios por guionistas como Efepé, transformó la serie en una sucesión de aventuras de larga duración que mezclan la ciencia ficción, la fantasía surrealista y la crítica social mordaz.
El universo de Superlópez es rico y delirante. A lo largo de sus álbumes, el héroe se enfrenta a amenazas que van desde invasiones alienígenas y supervillanos clásicos como el científico Escariano Avieso, hasta problemas mucho más mundanos pero igualmente peligrosos: la especulación inmobiliaria, las sectas religiosas, el consumismo desenfrenado o la corrupción política. Es aquí donde reside la genialidad de Jan: utiliza la capa y los superpoderes como un caballo de Troya para diseccionar las miserias y virtudes de la sociedad contemporánea.
Visualmente, el cómic es un festín para los sentidos. El estilo de Jan es único, caracterizado por un dinamismo asombroso y un nivel de detalle en los fondos que roza lo obsesivo. Sus ciudades están vivas; puedes oler el asfalto y sentir el bullicio de las calles. Además, Jan introdujo elementos icónicos como los Petisos Carambanales, unas diminutas criaturas amarillas que aparecen en los márgenes de las viñetas, ajenas a la trama principal, pero que dotan a la obra de una capa extra de surrealismo y personalidad.
La personalidad de Juan López es el corazón de la serie. Es un héroe a regañadientes, a menudo malhumorado, que debe cambiarse de ropa en cabinas telefónicas cada vez más escasas o en portales mugrientos. Su relación con Luisa y Jaime aporta el contrapunto humano; ellos sospechan de su identidad secreta (o la ignoran convenientemente), generando situaciones de una comedia de enredo brillante. Superlópez no busca la gloria; busca, simplemente, que le dejen tranquilo para terminar su jornada laboral y, quizás, disfrutar de una película en el cine.
A través de álbumes legendarios como *La caja de Pandora*, *Los cabecicubos* o *El señor de los chupetes*, el lector se embarca en viajes que desafían la lógica, donde la aventura épica se da la mano con el costumbrismo más puro. Es una obra que crece con el lector: los niños disfrutan de los porrazos y los colores vibrantes, mientras que los adultos encuentran una sátira afilada sobre la condición humana y el sistema en el que vivimos.
En definitiva, Superlópez es mucho más que una parodia de Superman. Es el superhéroe que nos merecemos: uno que vuela por encima de nuestras ciudades, pero que tiene los pies bien puestos en la tierra, tropezando con las mismas piedras que nosotros. Es un testimonio gráfico de las últimas décadas de la historia de España, servido con un dibujo magistral y un sentido del humor que nunca pierde su capacidad de asombrar