Anacleto

Anacleto, agente secreto: La sátira definitiva del espionaje ibérico

En el vasto panteón del cómic español, pocos personajes logran capturar con tanta agudeza y humor la idiosincrasia de una época como lo hizo Anacleto. Creado en 1964 por el genio irreverente de Manuel Vázquez Gallego para la mítica revista *Pulgarcito* de la Editorial Bruguera, Anacleto no es solo un personaje de ficción; es el reflejo deformado, cínico y brillantemente absurdo de los héroes de acción que dominaban la cultura popular de los años sesenta.

Para entender a Anacleto, primero debemos situarnos en su contexto. Mientras el mundo suspiraba por el glamour, los gadgets tecnológicos y la sofisticación de James Bond, Vázquez decidió ofrecer una respuesta castiza y desmitificadora. Anacleto es, en esencia, un "anti-007". Aunque viste un impecable esmoquin negro con pajarita y mantiene permanentemente un cigarrillo pegado al labio inferior (un rasgo icónico que lo acompañaría durante décadas), su realidad dista mucho de los casinos de Montecarlo o las persecuciones en Aston Martin.

La premisa de la serie nos presenta a un agente secreto que trabaja para una organización de espionaje tan precaria como burocrática. Anacleto es un subordinado en el sentido más estricto de la palabra. Su vida no está definida por el peligro heroico, sino por la lucha constante contra la incompetencia, la tacañería de sus superiores y la mala suerte crónica. A través de sus misiones, el lector no asiste a una exhibición de destreza, sino a un ejercicio de supervivencia ante situaciones que rozan lo surrealista.

Uno de los pilares fundamentales del cómic es la relación de Anacleto con su superior, simplemente conocido como "El Jefe". Este personaje encarna el arquetipo del mando autoritario, cascarrabias y a menudo injusto, tan común en la "Escuela Bruguera". El Jefe suele enviar a Anacleto a misiones imposibles —o ridículamente mundanas— con el mínimo de recursos. Es en esta dinámica de "empleado explotado" donde el cómic trasciende la parodia de espías para convertirse en una sátira social sobre el mundo laboral y la jerarquía en la España de la época.

Visualmente, *Anacleto, agente secreto* es una obra maestra del dinamismo. Vázquez, conocido por su trazo suelto y su capacidad para narrar con una economía de líneas asombrosa, dotó a la serie de un ritmo frenético. Los escenarios suelen ser minimalistas: un desierto infinito (el famoso "desierto de los Gobi"), una montaña escarpada o una oficina despojada de adornos. Esta austeridad visual no es falta de detalle, sino una elección estilística que resalta la expresividad de los personajes y el slapstick (comedia física) de las situaciones.

Un elemento fascinante y vanguardista de la obra es el uso de la metaficción. En muchas ocasiones, el propio autor, Vázquez, aparece en las viñetas, ya sea como el villano recurrente —el "Malvado Vázquez"— o como un personaje que interactúa con su creación para burlarse de los plazos de entrega o de sus propias deudas. Esta ruptura de la cuarta pared otorgó a Anacleto una modernidad que lo diferenciaba de otros cómics contemporáneos más rígidos.

Las misiones de Anacleto suelen seguir un patrón de frustración cómica. Ya sea tratando de recuperar un microfilm oculto en un lugar absurdo, cruzando desiertos ardientes a pie porque el presupuesto no alcanza para un vehículo, o enfrentándose a criminales que resultan ser tan patéticos como él mismo, el agente secreto siempre termina pagando los platos rotos. Sin embargo, hay una dignidad extraña en su persistencia; Anacleto nunca se rinde, aunque sepa que al final del día probablemente recibirá una bronca de su jefe o terminará perdido en mitad de la nada.

En conclusión, *Anacleto* es una pieza indispensable para comprender la evolución del noveno arte en España. Es un cómic que utiliza el humor absurdo y la caricatura para desmantelar los mitos de la masculinidad y el heroísmo cinematográfico. Leer a Anacleto hoy es reencontrarse con el ingenio de Vázquez, un autor que supo reírse de todo —incluido de sí mismo— y que convirtió la precariedad y el fracaso en una de las formas más elevadas de arte cómico. Es, sin duda, el espía que surgió del frío… para terminar buscando una parada de autobús en el desierto.

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